Tejiéndo vínculos con mi luz


Colores, imágenes, sonrisas ametrallan la memoria, como bálsamo y caricias para el alma y así, sin vislumbrar hacia afuera porque mis ojos se han quedado ciegos disfruto de un tango argentino y alucino mientras lágrimas escurren sin nublar lo ya condenado a la oscuridad.

Canto, acogiendo lo sucedido y observando mi espejo interior. Los años han pasado afuera y yo sigo igual de indómito, insolente y gozando, quizás lloro por lo que es, quizás canto porque sé que todo esto es temporal.

Doy un sorbo a mi tinto, y hoy tengo la convicción de que la única luz es la eterna y mi lazarillo, echado ante mis pies, sosegado parece inmune al tiempo. Mis ojos inertes, se han convertido en mis maestros más excelsos, me han abierto el alma como un ropero obligándome a vaciar lo mejor de mi espíritu cansado, y yo, presa de la nostalgia reemplazo mi mundo viejo por uno lleno de exquisitos sabores, de actitudes antagónicas y deseos caprichosos. Sólo soy un hombre viejo a nada de cambiar su vehículo aunque   me he convencido de que tengo vocación para la invidencia, creo que Borges me entendería a la perfección, irónicamente somos hermanos, hijos  de la oscuridad.

Sigo siendo igual de ocurrente, y antes de que los ojos se me desgastaran, me embriagué de estrellas, todavía recuerdo esas calles estrechas y empedradas, llenas de ecos domingueros que disfruto cuando quiero respirar compañías. Me gusta sentarme mientras mis oídos me cuentan historias ajenas y yo, a partir de ahí me invento novelas y saco del sótano imágenes guardadas como fotografías antiguas rostros que un día vi y quedaron tatuados  en mi cerebro. Me gusta escuchar repiquetear las campanas añejas de la capilla cercana a mi casa, las escucho tan gallardas y me hacen retroceder a mi infancia, cuando era monaguillo aún en contra de mi voluntad, pero,  algo bueno me dejó esa experiencia: me uní fuertemente al Divino Maestro, me gustaban esas historias que solía escuchar en los evangelios y cuando perdí la visión, soñaba que él llegaba y posaba su mano cálida y formada como un cuenco sobre mis ojos con toda la voluntad y su maestría para conseguir que perdiera mi ceguera, más tarde comprendí que quizás quien no quiso ver más, fui yo mismo, tal vez porque descubrí un mundo interior que ignoraba que existía, quizás porque me descubrí vulnerable y sin máscaras, puede y me gustó lo que vi, paradójicamente a mis casi 80 años, me reconcilié con mi niño interior y repito que, me he convencido de que la verdadera luz, es la eterna. Vivo, y todo discurre desde dentro de mí, Excelsamente, estoy en un eterno romance desde este estado de conciencia, voy andando dentro de mi laberinto interior en el que a veces ciertamente me pierdo, pero luego me vuelvo a redescubrir sintiendo alivio de llegar nuevamente conmigo.

A veces creo, que vivo en el centro de este universo infinito, e imaginándome así, me siento a observar mi propia película para inventariar todas esas cosas que la vida me ha dado en mi paso por aquí. Tomo mi bastón y en sincronía dibujo un espiral en el suelo, una y otra vez repito el movimiento como si se tratase de una terapia. Ovaciono la vida, he despertado destrezas que no sabía que tenía y que me llevaré el día que deje este espacio para volverme a unir con los míos.

El reloj dice que van a dar las 7 de la noche, seguiré tejiendo vínculos con mi luz para luego hacer mi crónica de desapego con lo que antes fue, mientras Dios me arranca la promesa de que mañana seré más feliz que hoy.

 

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