Pacto con una flor


Es sólo un pacto con una flor

"Extraños peregrinos doce cuentos"

Siempre que tengo oportunidad, me pregunto qué estoy haciendo aquí, y no hablo de estar sentada frente a un teclado paciente y acribillado por mis dedos, tampoco hablo de incoherente soledad, sino más bien hablo de los años, hablo de que,  he querido y he jugado a ser tantas cosas que el papel más complicado resulta a la hora de desnudarme frente a una hoja en blanco, se que ahí no puede haber calumnias, se que ante tremendo santuario no puedo vulnerar la verdad absoluta de mi propia radiografía.

Me ha tomado mi tiempo comprender  que todo está escrito, que quizás en mi afán de jugar con las palabras sueño despierta y creo que hay algo que se escribe en mi corazón todos los días, más allá de los recuerdos y mi vida épica, tengo la osadía de asegurar que tengo una despistada vocación de pseudo escritora, atrapada tras las rejas de mi misma y cubierta con la misma piel del tiempo, impermeable y  tal vez hasta callosa, y así voy discurriendo con Henry Miller en la cabeza, espero y esto no sea para él un insulto prolongado, pues no tengo la culpa de sentirme apasionada por él ni por mis únicos, grandes y verdaderos amores dentro de este mundo tan efímero: los libros.

Particularmente hoy, mientras escucho llover y granizar,  pienso en esa combinación insuperable de confusión y locura bajo la que vivo no sólo aquí y ahora, sino todos los minutos difuntos, creo que desde siempre he sido distraída, María (mi madre) siempre me lo ha dicho y ahora que me veo inmersa en el mundo de la consultoría afirmo que su teoría sobre mí está más que comprobada… mal augurio, no quiero padecer nunca de demencia senil, más bien quiero sonreír mucho aún sin dientes, total, ¿qué más me dará recordar mis pecas infantiles o los poemas que hoy me gustan?, tal vez volveré a ser niña y ¿por qué no?… cantaré otra vez como solía hacerlo, aunque, definitivamente no podré esconderme bajo la cama del Padre José para jalarle los pies como cuando yo tenía 7 y él llegaba cansado de celebrar y se quitaba los zapatos, no, creo que mis travesuras serán distintas, lo único que deseo es que la insuplible pizca de locura que tengo mantenga la dosis adecuada.

Es un hecho que no se de filosofía ni tampoco soy la gran pensadora, hoy por hoy, sólo soy una yoguini comprometida probablemente con ella más que nunca, soy víctima de las letras voraces y estoy poseída por una extraña presión de liberar todas esas ideas que han permeado en los mantos mentales y enmarañados de mis historias imprevistas, algunas sólo han quedado plasmadas en las epístolas en prosa y en verso  de mí a mí y de mí a Dios en un viejo cuaderno tachoneado y remendado con diourex, en el que igual hay crónicas de este exorcismo anunciado, como notarás, soy víctima de mi propia locura.

La tarde noche es sombría, en casa hay un silencio supremo y casi inmaculado, de no ser por mí que saco todo cuanto puedo a mil por hora,  sólo estoy yo desfragmentándome para volverme a arma cual rompecabezas clásico, por ahora no puedo pensar en nada más que en reconocer a todos esos escritores y poetas que fueron maldecidos desde que vivían en las  entrañas de sus madres, que traían ya la fijación en sus aparentes limpias memorias que probablemente venían ya con el hábito compulsivo de escribir desde vidas añejas y desfragmentarse para transportarse a donde se les diera la gana con tan sólo una pluma valiente, capaz de escribir lo que fuese que le dictaran, así como mata un asesino a sueldo, así la pluma lo daría todo entre líneas, desde las ideas más sutiles y celestiales, hasta las más perversas, sensuales, con ADN de alquimista en su tinta infalible, siempre mágica y sumisa.

Mi proceso expansión hasta hoy, ha sido como cuando madura una fruta, dándome de topes finalmente cedí ante el tiempo, comprendo que mi naturaleza tiene un momento especial, en el que la anatomía de mi alma cambia provocándome huracanes cerebrales que indefectiblemente me muestran que después del caos viene el orden, ¡Ja!, si es que llega, en tanto yo, con mis lentes tatuados con mis huellas digitales me cruzo de brazos, y observo las libélulas que rodean mis fotos y pienso que no he leído nada más erótico  que Trópico de Cancer, esto es volviendo al tema de los escritores consagrados, así que, le consigné algunos renglones al igual que don Quijote para guardarlos en mi memoria, para que permeen y un día pueda extraerlos disfrazados de mí en alguna otra hoja en blanco.

Esas son las buenas influencias, ¿por qué soy tan benéficamente maleable por ellos?, ¿por qué como espectros se asoman Borges y Benedetti?, sin mayo pretensión, guardo entrañable en un amigo libro una flor que un día dibujó García Márquez, flor que se ha convertido en un presagio, flor que  me fue tatuada más bien en el alma como sello de un pacto irrompible, tal vez cuando ya no esté más turulata y reine al fin la cordura todo eso quede finamente escrito.

Agradezco que, el mismo temor me ha vuelto temeraria, que la niña pecosa y de sonrisa de dientes que se petrificaba por lo que fuera es una niña estoica, con las mismas pecas y la misma sonrisa pero con el alma más vieja y el corazón henchido de amor.

Quizás más bien deba aprender a como Henry Miller, hacer un pacto conmigo y no cambiar los renglones que escribo, no intentar perfeccionar mis ideas ni mis acciones, además yo misma lo digo “Soy una imperfección perfecta”. . Hoy creo que, una revolución inició en mí casi 8 años atrás por una simple flor, o tal vez desde cuando tenía 5 y leí en mi columpio a los hermanos Grimm, no lo sé, quizás lo único que tengo claro es que, después de muchos pasos por aquí,  vitalmente me conquistaré a mi misma así como me han conquistado ellos.

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