Conjugando silencio, soledad y atemporalidad


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Si conjugamos, silencio, soledad y atemporalidad, seguramente el alma cantará al ritmo del tambor del corazón, ese que se escucha sólo si guardas por un instante las palabras y acallas el pensamiento.

Es contundente la maravilla de crearlo todo, de reinventar los pasos, de creer que hay algo inmenso que lo soporta todo y que lo ama todo.

Estoy rodeada de segundos, de instantes atemporales y en mi mente hay una fogata donde incinero lo que ya ha sido, donde en una especie de ritual veo como mueren uno a uno mis pensamientos más arcaicos, cómo sucumbe lo que era  hace apenas un minuto.

 Siempre he dicho que soy mi filántropo y mi verdugo, siempre me ha gustado ver la luna y nunca me ha gustado contar las horas ni los días, tal vez son mis propios latidos los que marcan mi tiempo, es mi respiración lo que precede al nuevo yo, es revelador cada detalle que surge en estos espacios de metamorfosis. Me gusta ver como mis ojos se encienden y se apagan, me gustan las pocas pecas que me quedan y cómo la lluvia afuera me canta una canción al ritmo de ese… el tambor del corazón.

Exiliada, aún buscando un lugar donde mis alas puedan expandirse en toda su amplitud; Incongruente, siempre negociando con lo que me gustaría ser y lo que realmente soy tratando de mantener mi esencia intacta. Quizás hoy estoy aprendiendo que hay un tiempo para todas las cosas y que cada cosa tiene su debido tiempo, estoy aprendiendo  a rodar con lo áspero y resbalar con lo suave, estoy aprendiendo a agradecer al Universo por  todo eso que no es y estoy aprendiendo a tener amor a lo que sí es y quizás la lección más importante sea el mantener esa luz encendida dentro de mí, a disfrutar de este proceso alquímico de entre todas y cada una de mis facetas, a observar todos mis matices y encontrar disfrutar desde mis tonos más brillantes hasta los más opacos, mis formas más abstractas y mis formas más divinas y así seguir descubriendo el milagro y la belleza de mi mundo espejo, resolviendo acertijos, observando milagros y floreciendo aún cuando pueda sentirme la rosa del Principito.

La cuestión es si realmente he aprendido a dejar morir lo que debe morir, si realmente he comprendido que las tumbas son un velo entre la “muerte-vida” y la verdadera luz,  que todo eso que se entierra por naturaleza da paso a un nuevo ciclo, desde nutrir la tierra “mi propia tierra”, hasta hacer que los árboles den mejores frutos, más dulces, más coloridos.

Quiero seguir siendo la salvaje de siempre, quiero no entumecerme sólo porque a veces sienta frío, quiero dar saltos más altos y que mis sentidos se agudicen en todo su potencial, deseo ver a  mi mundo espejo  más nítido y que mi olfato e intuición me permitan seguir avanzando y gestando lo que quiero gestar, deseo la libertad del viento, la magia del fuego, la fluidez del agua y la gentileza de la tierra.

Pero esto, no sólo lo deseo para mí, sino también para ti que me estás leyendo.

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