De mi ración de los cinco panes y dos peces


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A veces me resulta una odisea el abrir un espacio en mi día para contar lo que sea, aún cuando a veces piense que no hay mucho qué decir tengo la convicción de que hay tanto que platicar, desde la trivialidad más absurda hasta la situación más excéntrica.

Antes de que termine el año, quise dejar esa tibieza para sentarme a explorar esa metamorfosis que he experimentado estos últimos meses y por qué no decir que durante las últimas semanas. De antemano sé que es muchas veces complicado encontrar las palabras, siempre revolotean y se esconden pero el alma desea como el mudo tan sólo hablar, sorber aire y emitir sonidos en silencio como ella sabe.

Es irreal esa impotencia que se siente cuando tienes una gracia y no fluye, es experimentar “La noche oscura del alma” tal como lo decía San Juan de la Cruz pero dentro de mi propio don, es como si a veces huyera de mí y se ocultara en mi parte más profunda, donde existe la ausencia de toda luz, así es cuando intento conversar y me siento lisiada de ideas, de renglones, de palabras y el fin hoy es cauterizar mi propia noche oscura.

Estoy sentada y escribo sobre la mesa de la cocina de mi madre, he venido a compartir tiempo con ella pero hoy es una noche larga, ¿por qué?… no lo sé, pero creo que  la noche está hecha para tejer sueños,  y aquí solita, intento gozar un poco de mi ración de los 5 panes y 2 peces que el universo ha repartido entre más o menos 700 millones de habitantes, así pues  intento  expandir alma, mente y corazón degustando cada bocado aunque a veces vacile y pienso cómo realmente a los seres humanos nos cuesta trabajo disfrutar todas esas cosas que se nos obsequian en este viaje maravilloso, nos concentramos en los abismos y no en las brechas… es tan divertido perderse cuando se intenta tomar una vía alterna, son increíbles todos esos rostros que se encuentran en el camino, esas miradas de colores que tienen la capacidad de tocar el alma con tan sólo un poquito de su brillo y después es tan disfrutable mirar en retrospectiva y saber que todo está mágicamente unido, que cada mano que extendiste y te extendieron, que cada sílaba pronunciada, que cada bocanada de oxígeno, que cada curva dibujada en los rostros, que cada sombra que te cobijó, que cada miedo vencido no eran nada más que parte de un plan majestuoso, de una coreografía cósmica creada por la mano que todo lo hace, y, ¿sabes qué me encanta?, cómo sin darnos cuenta nos reinventamos todos los días, amo experimentar los efectos de cambiar de perspectiva y el descubrir que un corazón abierto tiene la capacidad de cambiar radicalmente  todas las cosas: expande, abraza, transforma, genera y AMA! Pero también, un corazón abierto deja morir lo que debe morir creando espacios para que nazcan cosas nuevas.

Nada como  hacer lo que se tenga qué hacer  simultáneamente abrazando lo que este instante  “es”,   avanzando  que la vida no espera, gastando  los segundos amando mucho, abrazando mucho y gozando mucho con la plena seguridad de que cualquier herida que surja sanará pronto, sólo deja que tu corazón vibre alto y alíneate con aquello infinito.

Conviene por la noche no cerrar los ojos sin una pizca de gratitud, sin olvidar la finitud humana paradójicamente plantada en ese eterno “aquí y ahora”, no irse a dormir sin seguir el instinto de ofrecer una disculpa para mañana renacer con un alma expandida, más fuerte y  más amorosa

Hace poco, escribía que la mejor ofrenda que se puede hacer al amor divino es creer en uno mismo, que cuando crees en ti mism@ la magia ocurre con la siempre emergente presencia de Dios que todo trasciende, así pues, degusta tu ración de panes y peces, y si crees que se terminarán entonces  multiplícalos con la plena convicción de que la divina providencia extenderá su mano compasiva  a ti en el momento que  lo desees.

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