Consciencia sin fronteras


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DIVIDIDA POR LA MITAD Y MI MUNDO FRONTERIZO

Difícil situación humana:

“Cuanto más firmes son nuestras fronteras, más encarnizadas son nuestras batallas. Cuanto más me aferro al placer, más temo – necesariamente – al dolor. Cuanto más voy en pos del bien, tanto más me obsesiona el mal. Cuantos más éxitos busco, mayor será mi terror al fracaso. Cuanto mayor sea el afán con que me aferro a la vida, más aterradora me parece la muerte. Cuanto mayor sea el valor que le asigne a una cosa, más me obsesionará su pérdida”.

Este breve párrafo, de manera concisa expresa mi dinámica de vida, mi forma de demarcar mi realidad, mi yo, mi esencia.

Pienso en todas esas veces en las que he ido corriendo casi detrás de todo, llena de expectativas, con la convicción de que “ganaría”, aferrada a una vida de logros y por ende de miedos y frustraciones, porque por cada situación que no saliera como yo lo había soñado, había una mujer frustrada – Yo- con el autoestima por los suelos, con la fe rasgada y un profundo enojo con Dios porque no me había escuchado, ¡Ja! Hoy me río de mí y de la facilidad con la que hacía responsable de mi vida a la sabiduría infinita, me río del tiempo en el que hice responsables a mis padres de todo lo incómodo que yo vivía, tal vez porque yo no sabía que cada quien hace las cosas lo mejor que puede con lo que tiene.

Había extendido mis fronteras con mis seres cercanos y los más importantes: Mis padres. Independientemente de que no esté obligada a amar a nadie y paradójicamente a eso haya venido si deseo trascender, yo tengo la convicción de que fuera de la cercanía que exista, entre más sanos sean los vínculos con mis padres (no importando si son vínculos delgados o anchos, largos o cortos) más plena será mi vida, pues finalmente fueron mi primer entrada al cosmos.

Viví distanciada de ellos emocionalmente durante casi toda mi vida; a veces creo que hay cosas que toca vivir y huecos con los que también hay que aprender a vivir y aún así intentar y  brillar como la luna… llena de cráteres, alumbrando para todos integrada al cosmos y sin fronteras,  pues aún a millones de kilómetros no sólo toda la humanidad puede observarla, sino también se puede llegar a ella.

Qué difícil me ha sido aprender a fluir, a no separarme tanto del mundo, a comprender que en la vida hay que aprender a decir adiós tantas y tantas veces;  qué crudo es oscilar cual péndulo entre mis apegos y mis afectos, cómo desearía poder expresarme un día aunque fuera en sueños  como lo hizo  San Francisco de Asís: “Hermano sol, hermana luna”.  Cómo desearía que permeara en mí el hecho de que “Yo soy tú y tú eres yo”.

 EL NIVEL DE MI PERSONA E INICIO DE MI DESCUBRIMIENTO

“Miré y miré, y esto llegué a ver:

Lo que creí que eras tú y tú

En verdad era yo y yo”

Enfrentarse al sufrimiento de manera reflexiva y racional sin aferrarse a él… Hasta ahora comienzo a experimentarlo, hasta ahora es que creo que, la ventaja de tocar fondo es que no queda a dónde ver sino sólo es que para arriba. Sólo así le quito espacio a la sombra y nuevamente me siento como la luna… incapaz de brillar en todas partes al mismo tiempo. Así lidio con mi sombra, si el día y la noche lo hacen, ¿por qué yo no?

Si pudiera resumir el significado de la palabra sombra en una frase corta diría una muy coloquial: “Lo que te choca te checa”, y es titánico el asimilar (si es que ocurre) que sólo veo a mi sombra a través de los rasgos y acciones de los demás, sólo puedo darme cuenta de ella mientras pasea fuera de mi, y así pretendo no dejarla entrar más, proyectando y atribuyendo cualidades y actitudes en los demás  que intento desterrar de  mi misma, por ejemplo: no tolero a la gente débil o quejumbrosa porque me recuerdan a la mujer vulnerable que no se permite quejarse.

Me impresiona la rapidez con la que retrocede mi sombra cuando me doy cuenta de ella y cuan amenazada puedo sentirme al descubrir eso que no me gusta.

Qué difícil es abrazar a la mujer vulnerable, la que siente inseguridad pese a su autonomía…  qué difícil es llorar – dice mi sombra – Prohibido mostrar flaqueza. Te han rechazado tantas veces que “Te bastas sola”.

Cuando intento expulsar a mi sombra, no me libero de ella, no me quedo con un hueco, una brecha o un espacio en blanco en mi personalidad, sino con un síntoma, un doloroso recordatorio de que estoy ignorando una faceta mía.

Y así me he comprado la máscara de la mujer perfecta y con esta niego lo que me pertenece: mi natural vulnerabilidad.

Pero, ¿cómo he descendido por el espectro? Al disolver una demarcación mediante el reconocimiento de una proyección. Me doy cuenta que, las proyecciones no son ni buenas ni malas, sino más bien necesarias pues, hay sucesos que no pueden pasar directamente a la mente consiente, creo que deben primero pasar por el mundo y así yo conectar con “el otro”, a quien necesito para conocer todo lo que he rechazado de mi, como el enojo por ejemplo, aun a sabiendas de que el enojo es útil, negué durante mucho tiempo esta emoción orgánica intentando ajustarme al “ego ideal”, la chica que nunca pierde el estilo.

Pienso que, mi sombra no es intrínsecamente “mala” y también hoy se que el amor divino vive más cerca de ésta, me ayuda a sostener la tensión de mis opuestos mientras yo lucho por mantenerme a la mitad del camino. Con mis primeras terapias entendí que esto es un acto difícil de soportar y que puede equipararse a una muerte de cruz, sin duda un estado en el que la gracia puede descender sobre mí si me dispongo a morir sin buscar soluciones racionales a temas que no pueden resolverse en el nivel del ego.

Es difícil soltar y sentir que “pierdo”  para  acoger toda sensación incómoda, sólo así puedo re significar mi vida.

MI NIVEL DEL CENTAURO:

“El cuerpo se convierte en un objeto o una proyección tal como ocurre con la sombra. Lo que llamamos cuerpo físico no es una realidad más profunda que el ego. El cuerpo es una colección bien organizada de procesos involuntarios: circulación, digestión, crecimiento y metabolismo”.

En realidad el ego sólo suele identificarse con los procesos voluntarios y controlables… Cierto es que todo es regido por una sabiduría profunda e infinita y mis procesos corporales son todo un milagro, pues aunque intentara procesar cómo funciona, no terminaría de comprenderlo, pero…

¿Realmente soy capaz de crear conexión con mi cuerpo… ¿Qué sucede en mi cuerpo cuando la hostilidad se proyecta?

Recuerdo que hasta no hace mucho y durante casi toda mi vida, mi rostro reflejaba una expresión de enojo y casi siempre me preguntaban: ¿estás enojada?… esto para mí era muy incómodo y me lo cuestionaba, hasta que un día, me paré frente al espejo y comencé a hacer muecas de verdadero enojo de una manera consciente y forzada, creando tensión en cada músculo de mi rostro. Fue un ejercicio muy fuerte, sin embargo, me fui al extremo y a veces sonrío de más, lo que me resta congruencia pues el mensaje que mando es doble y como consecuencia no permito que quien me ve conecte conmigo, no me dejo acompañar… ¿será mi miedo a mostrarme vulnerable?…

Ha habido una proyección mental y a nivel físico algo debe suceder también, ya que la mente y el cuerpo no son dos cosas ¿Qué sucede en mi cuerpo cuando reprimo la hostilidad?: Se me inflama el estómago, me estriño y en ocasiones me da reflujo.

A través de mi constante práctica de yoga he ido aprendiendo a ponerme cómoda en lugares incómodos, dispuesta poco a poco a aceptar lo incontrolable, con fe y desarrollando un yo más profundo, buscando trascender mis propios movimientos superficiales y ruidosos de mi ego y voluntad. Tal vez mi tarea hoy más complicada es quitarme mi máscara de “Doña Perfecta  Juez” y asimilar de verdad que no necesito controlarme para poder aceptarme, desearía poder reconocerme de una forma más genuina. Finalmente mi ser más profundo, el centauro, está más allá de mi control.

Lo voluntario y lo involuntario forma parte de mi, y así como no puedo hacer que e crezca el pelo más rápido ni mi aparato digestivo haga ruido justo en medio de un silencio profundo puedo intentar dejar de manipularme tanto y pueda convertirme en una persona más libre.

Ha sido sanador para mí el comprender e introyectar a través del vehículo de la fe que hay una inteligencia divina, una fuerza superior que rige y ordena lo involuntario, lo que ya no está en mis manos pero sigue siendo mío. Es un milagro que mi organismo siga coordinando millones de procesos al mismo tiempo mientras el ego puede sólo con dos o tres.

El ego muchas veces intentó fabricar placer a través de otros, buscando yo que alguien más cubriera mi necesidad, mi soledad, ese padre ausente lo seguí buscando en hombres con quienes tuve sólo relaciones efímeras, buscando esa “felicidad” fuera de mi, buscando esa alegría de vivir en compañía del otro.

Deseo volver al centauro y como decía Blake: “La energía es eterno deleite y proviene del cuerpo”. Y parafraseando a Wilber: “No depende de gratificaciones ni promesas externas. Brota desde dentro y se nos da libremente desde este mismo momento”.

“Mientras el ego vive en el tiempo, alargando el cuello para atisbar futuros logros y lamentando en su corazón las pérdidas pasada, el centauro vive siempre en el nunc fluents, el presente pasajero y concreto, el presente vivo que no se aferra al ayer ni clama por el mañana, sino que encuentra su realización en la prodigalidad de este momento”.

Entregarse completamente a la muerte con cada exhalación es renacer y regenerarse con cada inhalación y paradójicamente, algunas veces cuanto más muerta me he sentido he sido capaz de generar más vida.

EL YO TRASCENDETE Y EL ESTADO FUNDAMENTAL DE LA CONCIENCIA

Deseo vivir mitológicamente, catalizar a esta mujer racional que muchas veces me posee, finalmente una de las riquezas del mito es cuán fácil le da la vuelta a la razón. Deseo aprehender lo trascendente, sentirlo, vivirlo en mí, en mi vida, en mi trabajo, con mis amigos, en mi entorno.

Dejar de identificarme con mis angustias y mis inseguridades, mis miedos y mis frustraciones es integrarlos, deseo realmente convertirme en ese testigo que lo mira todo desde arriba, sin sentirme siempre amenazada.

¿A qué he vivido apegada?… A lo masculino, porque he repetido historias de manera compulsiva, la paradoja es que, pese a mi apego en su momento, no he sido capaz de integrar lo masculino a mi vida; me resisto a sentir que “deseo un complemento” aunque mi alma lo haga. Hoy creo que he realmente aprendido a gozar de mi soledad, cada vez más me va preocupando menos el estar acompañada. Coincidentemente cumpliré un año sin compartir departamento y aunque financieramente es un gasto, emocionalmente ha sido una inversión, pues he tenido ese espacio para  trabajar conmigo de una forma más cercana y en silencio, para hacerme más responsable de misma, de mis tiempos y energía.

No sé si en algún momento he sido capaz de reflejar de manera objetiva como lo hace un espejo, es retener ni rechazar. Añoro poder hacerlo conmigo y afinarme como instrumento.

“En el nivel transpersonal, empezamos a amar a los otros, no porque ellos nos amen, nos afirmen, nos reflejen o  den seguridad a nuestras ilusiones, sino porque ellos son nosotros”.

Pienso en todas esas veces que he tenido que morir y me doy cuenta que han sido muchas, desde mi infancia morí, y morí y morí. Recuerdo que esto ocurría después de cada confesión, y no es que estuviera consciente de que “moría”, sino que, vivía el ritual como el punto final de una antigua narrativa, decidida a ser una mejor versión de mí luego de que el padre me diera la bendición.

Cuando viví temporalmente la separación con la religión misma, experimenté la muerte a mis prejuicios, quizás a integrar parte de mi sombra, a comprender que no todo era “malo”, que había cosa que no eran “pecado” y comencé a vivir de una manera más autónoma y auténtica.

He muerto ante distintas situaciones como: cambiar de ciudad, de empleo, de amigos, de casa, de hábitos; he muerto cada vez que he admitido que no tengo control sobre lo que alguna otra persona pueda sentir o no por mi; he muerto cuando experimento la libertad que el otro tiene de ser como es y cuando me doy cuenta que sólo yo puedo llenar mis vacíos deshaciéndome de toda expectativa.

La última vez que morí a modo de crucifixión fue cuando asimilé y abracé que quien fue mi más grande amor, no me amara y así, cuando más muerta me sentí, más vida recobré pues cuando me di cuenta había recuperado mi poder.

La vida que ambiciono llegará sólo cuando muera todo lo viejo.

Hace justo una semana, visité ese lugar donde viví esa historia y fue como si hubiera recuperado un trozo de mi alma, fluí libremente sin angustia, sin dolor y sin frustración alguna luego de tres años de no haber puesto un pie ahí y seis de haber huido. Me descubrí con alas nuevas, luego de haberme arrastrado cual oruga durante tanto y tanto tiempo. Me di cuenta que el sortilegio había concluido y descubría que no podía aplazar mi propia existencia.

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