No te tardes en resucitar


  

Muchas veces siento que la creatividad se esconde como la luna en la mañana, siempre he tenido claro que soy una mujer sumamente racional aunque luche todos los días por hacerme un espacio y escuchar al corazón, por encontrarme con mi intuición y  ponerme atenta y escuchar mis propios ecos, con lo fácil que resulta mutilar sueños, vale la pena estar atentos ante lo que el alma pide y apostarle a cada deseo, distinguir entre fantasía e imaginación, dejar de sólo desear y racionalizar para encender esa chispa divina en el pecho y manifestar fuera lo que la mente dibuja.

Este año pasa que vuela, en el camino me voy encontrando con rostros de colores que reflejan lo que soy, que me recuerdan lo que en mi habita y develan mi propia sombra, y así voy aprendiendo a calibrar, y a mirar lo que es realmente importante y enfocarme ahí; También, conforme avanzan los días, siento en el pecho resonar la palabra “confía, confía, confía…”, ese mantra poderoso que me conecta con lo divino, con lo esencial, con la fuente de amor infinito y que cuando resuena en mi interior, es como si Dios me apretujara en su pecho intentando despertar mi propio sol, un sol imparcial que alumbre porque sí, porque es su naturaleza e inmensidad.

Sin duda,  mi alma dibuja con el dedo índice la palabra “coherencia”, y cuantas cosas hay que dejar ir para tener una vida en coherencia alineando misión, acción y pensamiento, que si bien no llegué aquí con instructivo tengo claro que todas esas cosas que me gustaban cuando niña siguen latentes, y que tanto más las toque y  las siga, tanta más trascendencia y plenitud experimentaré.

Son muchas de las circunstancias y patrones que me he venido haciendo consciente, voy constelando en mi libreta de sueños y cada día con una intención cada vez más clara: que la vida sea mi epicentro. Ocurre que las personas tenemos un panteón personal, un panteón donde solemos enterrar sueños, momentos, recuerdos y personas y pienso que muchas veces es más sano integrar que enterrar, porque finalmente cuando integramos es como si  un espacio dentro se iluminara, como si las grietas del corazón se llenaran de una sustancia alquímica que lo transforma todo y deconstruyera dentro.

Ciertamente, estamos oscilando entre la vida y la  muerte, pero ocurre también que a veces nos toma más tiempo estar en el sepulcro que en la vida misma, sin medida elegimos estar en la oscuridad, en ese panteón personal esperando que el otro resucite, o el sueño se convierta en realidad desde la fantasía, sin caer en cuenta  que la vida es una decisión,  que el entusiasmo es una chispa que habita en el pecho y basta con visitar nuestras pasiones para reactivarla cual súper héroe.

Permanecer más tiempo en la vida, supone la consciencia de observar cada árbol y encontrar a ese Dios vivo del que tanto hablamos, gozar del sol y vibrar en gratitud por estar aquí y ahora, abrazar fuerte y dialogar con empatía, comprender a aquel que no puede quedarse porque el alma suya tiene que tomar otro vagón para ir a quien sabe dónde;  Mirar que en la sombra habita la luz y que sólo hay que abrazarse fuerte a uno mismo para integrar a esa parte oscura, esos sentimientos inferiores tan poco comprendidos, si nos queremos curar de algo hay que reconocerlo y adentrarnos homeopáticamente en eso para encontrar semillas de trascendencia aún cuando toque morir por instantes.

Respirar,  fluir con el pulso del cosmos, eso es vivir; Arriesgarse a seguir al corazón, encarar una buena conversación acompañada de silencios, mirar a los ojos de uno mismo y a los del otro, arriesgarse a amar, a sentir y dejarse rasgar el alma por apostar a las más bajas pasiones; Vivir por experiencia y no por referencia, pero aun así que lo que importe sea el alma y no la vida, porque el alma es la que genera esos espacios desde lo subterraneo, en la oscuridad, silenciosa, separando lo esencial de lo ilusorio y empujando al corazón a que vaya de cabeza con el fin de vivir de acuerdo a uno mismo, para configurar una vida sana y paradójicamente haciéndonos incursionar en la locura en un mundo tan estereotipado, habitando así en la periferia de la razón… como yo, “Yo loca”-

En su canción primera, San Juan de la Cruz menciona que para que el alma llegue a un estado de perfección, ha de pasar por dos maneras principales de noches a las que llamaba purgaciones o purificaciones del alma, donde el ser queda a oscuras como un ciego, lleno de mortificaciones, donde no queda nada más que depurar en medio de la angustia y dejarse llevar, “fluir” como bien se menciona en tantas prácticas orientales.

Los poetas, los artistas que subliman su propia metamorfosis en el juego de la muerte y vida donde el amor juega muchas veces el rol principal, comprenden que todo carece de valor sin la diosa oscura, sin la Coatlicue, la Kali o la Hécate. Sin  muerte no hay lecciones, sin la muerte no hay oscuridad sobre la cual pueda destacar el brillo de la luna y es que el negro, color de luto, es también el color del descenso, el negro es la antesala de la expansión, de la conexión con lo divino, del desapego, la promesa de saber algo que antes el alma no sabía, el negro es donde inicia el camino a la trascendencia.

No hay rincón alguno dentro de cualquier ser que viva la experiencia humana que no pueda ser iluminado por el regalo de la consciencia, esa es la experiencia interna que se abraza, se integra para poder ensanchar la cavidad del alma y que quepa ahí una consciencia más amplia, más amorosa, una consciencia crística.

En fin, hoy viernes santo, día de quietud y contemplación, día especial para dar muerte a eso que va en contra de nuestra propia naturaleza, a eso que no suma y agota; Hoy es día para rendirnos ante las circunstancias y dejarlo todo en manos de un poder superior con el nombre que le quieras poner, para fluir desde la gracia, pero entonces, si eliges morirte procura que sea sólo un ratito, no tardes mucho en resucitar que la vida pasa pronto.

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