La memoria: instrumento de justicia y prevención


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 “La fuerza del olvido permite que el crimen surja de nuevo. Por el contrario, la memoria sirve como instrumento de justicia y prevención”.

Estas fueron las primeras líneas que encontré cuando llegué a hurgar en la memoria de la humanidad.

Integrar la sombra del ser humano a nuestra esencia, no es una tarea fácil, es una práctica de toda la vida, sin duda lo más fácil es “amar a quienes nos aman” y quedarnos en esa zona de confort afectiva, sin embargo, con todo lo que como humanidad hemos vivido, ¿qué es lo que realmente hemos trascendido?, ¿qué hemos aprendido de todo el dolor, la angustia, la locura, la “maldad” y la misma muerte?, ¿cómo hemos integrado esa  muerte a nuestra propia vida?

Cuando visité el museo de la Memoria y la Tolerancia, lo hice en compañía de un amigo ex presidiario, alguien que en escala diminuta conoce esa sombra colectiva más de cerca, creí que era importante compartir el recorrido con alguien que pudiera comprender a mayor profundidad lo que mis ojos veían, alguien que conociera un pedacito de esa ausencia de libertad y pudiera posteriormente compartirme sus impresiones.

Uno de los primeros conceptos que leí a mi llegada fue que, la tolerancia sólo se puede comprender cuando se conoce a su contrario, esa intolerancia, que muestra la capacidad destructiva del hombre y me vino a la mente esa propuesta de autoconocimiento a la que se nos invita en la clase de Introducción al Desarrollo Humano: “Visita tu propio infierno”.

Recordar la tragedia del Holocausto, contemplar la crueldad, mirar cadáveres apilados en fotos y sentir ese vacío en el corazón, cambió completamente la perspectiva de mi presente, imaginar tan sólo la frustración e impotencia de la gente que se encontraba en los campos de concentración, su pérdida de literalmente TODO: familia, vigor, sueños, identidad y morir en vida; cuerpos inertes que eran sólo un número. Sentí milimétricamente su dolor al observar en fotos cómo su exclusivo horizonte era “salvar su pellejo”.

He pensado qué, los seres humanos tenemos  si bien un lado sano, un ancla que permite que alguien nos ayude,  nos rescate o consigamos esa anhelada redención, tenemos también un lado enfermo. Esta desgarradora situación me permitido entrever la inconsciencia de una persona y la consecuencia de su patología y distorsionada realidad: Hitler. Aunque sin duda tal atrocidad no es justificable por la enfermedad de una sola alma inicialmente, sería interesante adentrarme en la vida de Hitler, me viene a la mente aquello que dijo un día Elizabeth Kübler Ross: “Cada ser humano tiene un Hitler y una Madre Teresa de Calcuta dentro”, tal vez no tenga que irme a la vida de Hitler sino a la vida mía y observar a profundidad lo que me conforma y visitar mis propias fronteras, observar cuándo en otra escala soy Hitler o soy Madre Teresa.

Cada judío, era deshumanizado y desprovisto de su individualidad, identificado sólo por su pertenencia a un grupo racial, independientemente de sus convicciones, su género, su edad, su trayectoria personal, su nacionalidad e incluso su religión, estaba destinado a desaparecer. Lo más irónico era que Hitler definió a los judíos como un grupo racial y no un grupo religioso, concepción falsa, dado que no comparten rasgos genéticos ni biológicos que los distingan de otros; más bien están unidos por la historia, la tradición y otros rasgos culturales como la religión. Así, personas de diversos orígenes étnicos pertenecen al judaísmo ya que no necesariamente hay que nacer judío para serlo, inclusive pensemos en los judíos que son conversos de otras religiones. Irremediablemente, seres humanos cuyos abuelos eran judíos perdieron la dignidad humana y la vida, extenuados, consumidos, harapientos, con hambruna, piojos, helados y todo lo que se podía perder.

Si lo pienso, no estamos tan alejados de ello hoy día incluso parados de la misma filantropía que se practica por lo menos en México, ese racismo siguen tan vivo como cuando el holocausto:

“Yo rubio, alto, rico, educado, te doy un kilo de ayuda a ti pobre, chaparro, indio, ignorante”

Si eso ocurre desde la filantropía, ¿cómo son las cosas desde la sombra?, ¿cómo se puede explicar el holocausto? Admito que me cuesta explicarlo, pues hoy  no soy siquiera  capaz de explicarme a mí misma.

Algo que llamó mi total atención es el antisemitismo, ese conjunto de prejuicios, estereotipos, creencias y prácticas hostiles contra los judíos, esa acusación de que ellos eran los responsables de la muerte de Jesús, lo que más tarde se fue al plano social y luego se convirtió en todo un problema racial. Sin esta tradición de antisemitismo, seguramente el holocausto no habría ocurrido ni otros tantos genocidios.

El Holocausto es hoy para mi sin duda una señal de alarma una advertencia que nos habla de hasta dónde es capaz de llegar un ser humano con el odio y la violencia, es una inexplicable situación que nos da la oportunidad de saber lo que podría ocurrir si el hombre no educa para amar.

Dos situaciones que me generaron sentimiento en este recorrido fueron:

1)    La deshumanización. Los nazis deseaban que los prisioneros perdieran su dignidad antes de morir e hicieron esfuerzos considerables para conseguirlo: tatuarlos con un número, exponerlos a la inmundicia en la que vivían, los gritos e insultos constantes y la ausencia de toda ceremonia festiva, religiosa o luctuosa. La misma era aplicada de manera tan impersonal, como si se les hubiera querido negar hasta el último de los anhelos humanos.

Yo me pregunto, ¿de verdad se puede deshumanizar lo humano?… entiendo el hecho de robarle la dignidad al otro, pero, ¿se le pueden robar al ser sus características humanas? Yo más bien pensaría que, la deshumanización es la pérdida de consciencia, eso que nos hace distintos a los animales, aunque en el fondo y mientras escribo veo que sí pueden robar las ganas momentáneas de amar, pero no la capacidad, eso es una cuestión tal vez de voluntad, es una decisión personal, ¿esa la pueden robar? No cabe duda que la conciencia es un tema muy complejo, y no me imagino siquiera dónde está esa fina línea donde se pierde la esencia  y la voluntad del ser humano con los deseos, el odio y la violencia  de los otros y de qué manera desciende la evolución de la persona humana, tanto la víctima como el victimario.

2)    Los niños del holocausto. ¿En qué momento pudo un niño haberse convertido en un enemigo del estado?, ¿cómo es que los nazis se adjudicaron el derecho de acabar con futuros prometedores? Miré una foto de una pequeña de aproximadamente 4 años, con la cara sucia y los ojos llenos de lágrimas, asustada y con la vida rota.

Ahora que vuelvo a recordar la foto, he pensado en los pequeños que hoy vemos en las calles de nuestra ciudad, harapientos, con la cara pegajosa y pocas ganas de vivir, con la inocencia robada, muriendo de hambre y frio quienes probablemente tienen la vida tan rota como la de pequeña judía de la foto.

No puedo evitar mirar mi realidad y la indiferencia que es la reina de las prácticas, comparar las historias y percatarme que hoy existen muchos pequeños campos de concentración cerca de mí y que mi obligación hoy es mirarme en sus ojos y humanizarme, ser persona de una vez por todas, quitarme de prejuicios darme a mí. Finalmente esto que soy es lo único que tengo.

Debo mencionar el impacto que me causó pasar en medio de ese vagón de tren, no sé si fue mi imaginación, quizás sí pero, pude revivir ese aroma a grasa humana, pude sentir la angustia, pude vivir el llanto de los viajeros de la muerte y aquel viaje nauseabundo lleno de preguntas.

Al pedírseme que mencionara dos situaciones de intolerancia que tuviera que integrar, pienso más bien en el otro. Podría hablar del Genocidio de Camboya;  o sin irme más lejos, podría hablar de los muertos de Atenco, o de los indígenas de chiapanecos, podría nuevamente retomar la historia y revivir el pasado, pero finalmente decidí integrar al otro, ese que circunda a mí alrededor  irrumpiendo mi espacio en el trabajo, ese desconocido que no saluda en el pasillo, a ese que me refiero como insoportable o minimizo porque digo que “es un mal educado”, a ese otro que es un fanático religioso, que quizás llena sus vacíos con eso único que le enseñaron o a ese alcohólico que es mi padre, con quien nunca que me he identificado y lo miro tan lejano, tan ajeno a mí, cuando finalmente él vivió en su propio  Auschwitz, esas son mis situaciones de intolerancia, porque ellos como yo sienten y experimentan al mundo de una manera única e irrepetible, porque son parte de mi historia y cada uno tiene su historia personal.

Entiendo que como sociedad tenemos mucho que integrar, nuestra sombra colectiva es ancha, pero no hay mucho qué hacer si no integramos nuestros pequeños Auschwitz a nuestra vida personal, si no integramos nuestros duelos individuales, si no hay una preocupación genuina por sanar nuestras relaciones más cercanas, ¿realmente podremos decir NUNCA MÁS?, ¿nunca más otro holocausto?, ¿nunca más otro genocidio?, ¿cómo podemos decir nunca más sino aprendemos a celebrar de manera armónica nuestros credos diversos y respetamos nuestra forma de percibir al mundo incluso con nuestros seres más próximos afectiva y físicamente?

Yo no creo en la maldad, creo en los niveles de conciencia, creo en el precio orgánico que como humanidad debemos pagar lastimosamente para aprender, para evolucionar, para “darnos cuenta para”, esa concientización – acción, ese dolor que nos humaniza, el propio o el ajeno, creo en la capacidad de cambiar nuestra propia realidad y creo que, así como Cristo pagó con su sangre, millones de héroes anónimos pagaron con la suya para que podamos trascender, mirando la historia por ejemplo de un Víctor Frankl, que pudo aceptar que la vida era digna de ser vivida en medio de la pestilente muerte, pudiendo  trascender todas esas dificultades del holocausto sabia y compasivamente.

En todo esto, es importante resaltar la importancia de aprender a dialogar y el miedo que da expresarnos, ese pavor ante el hecho de que nuestra verdad quede expuesta, esa carencia de empatía a la hora de comunicar. Escuchar también es dialogar, comprender es  dialogar y todo esto nos da como producto la libertad de prejuicios.

Luego de esta visita, me llevé el deseo de caminar hacia la tolerancia, este valor esencial que impulsa hacia la libertad y a la justicia, esta virtud que nos permite construir una cultura de paz sin que eso suponga renunciar a la lucha por la injusticia social o las propias convicciones; me llevé el deseo de amar más y mejor.

 

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