Y sólo me doy cuenta de que “me estoy dando cuenta”


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“Fe, esperanza, amor y conocimiento, son cuatro conquistas del afán humano, múltiples dones que no se pueden enseñar, ni aprender, dar ni recibir, retener ni merecer, pues se encuentran unidos a una condición irracional y que se sustrae a toda arbitrariedad humana, esto es a la vivencia” Dijo un día Carl Gustav Jung…

Sí, no es fácil el conseguir estos dones, miro mi propia tendencia actualizante y me doy cuenta que si bien es cierto que muchos de mis procesos han sido organísmicos, muchos otros han sido producto de muchas de mis vivencias, de algunas que me han tocado en el andar  pero también de otras que yo misma he escogido.

Hace poco pensaba en mi padre, me sentía muy conmovida porque después de no verlo durante aproximadamente un mes, lo vi enfermo y podría decir que un poco más viejo… De verdad me sentí angustiada; Me gustaría mucho dar un breve antecedente de la nula relación que con él guardo. Cuando yo nací él y mi madre ya no estaban juntos, él tuvo tantas y tantas mujeres que digamos que a mí de él ya no me tocó mucho; soy la menor de 10, y él tuvo algunos otros hijos e hijas con otra personas, también siempre ha padecido de alcoholismo, lastimosamente debo decir que, por ignorancia y empatía ausente, como familia nunca lo acompañamos en su recuperación, hoy que estoy un poquito más despierta me doy cuenta de cuán necesario es el acompañamiento entre la familia, pues es ésta el centro de gravedad tanto de cualquier niño como de cualquier enfermo, pero, ¿qué se hace luego de tanta violencia y tantas heridas?, de verdad que hay zancadillas en la experiencia humana que nos hacen rodar llevándonos a  terrenos escabrosos cimbrando la existencia en cada voltereta.

La ausencia de mi padre, me ha llevado a cualquier cantidad de vivencias, algunas sin duda mágicas como expandir mis alas y volar a lugares insospechados y otras que no son dignas de presumir pues no me enorgullecen, pero en ambos casos todas estas vivencias han sido trascendentes y me han cincelado el alma y cuando el alma es cincelada hay dolor, hay lágrimas. Dicen que, de los dolores del alma, surge toda creación espiritual y cualquier progreso del hombre espiritual; y el motivo del padecimiento es la paralización espiritual y la esterilidad del alma. Y yo me cuestiono si toda esta distancia entre él y yo y sus consecuencias fueron eventos que conformaron por años mi noche oscura del alma.

Esta conmoción al mirar a mi padre enfermo y no sólo eso sino al también mirarle perdiendo la visibilidad, tuve la sensación de que él pronto se iría, e involuntariamente pensé que, el día que él decidiera irse, las energías se reacomodarían en la familia, pero por supuesto que me espanté cuando escuché mis pensamientos, sentí que abracé el hecho de que él partiera pronto y cuestioné mi aparición en su historia, cuestioné la silenciosa relación que guardamos él y yo e hice un breve recuento de daños en la vida de tantas y tantas mujeres, mismas a quienes bendigo y honro como hoy honro a su rol de padre aunque en su descripción de puesto no viniera el abandono ni en el mío de hija el deseo de su partida, y no por venganza ni ira, sino más bien me di cuenta que se trataba de una fantasía neurótica movida por mi propia frustración ante la impotencia de no poder mover nada entre él y yo, pero SI EN MI MISMA.

Vi que no me quedaba nada más que abrazar lo que sentía aunque no me gustara, caí en cuenta que, tanto si amo como si no, debo entregarme a la vivencia  con convicción para entonces  trascender esa necesidad de él y ampliar esa dimensión espiritual de la experiencia de la ausencia de mi padre.

¿Cómo tuve ese insight? Luego de leer el siguiente párrafo en un libro de “Carl Gustav Jung. Sobre el amor”, fue ahí en ese trozo de consciencia hecha papel donde las siguientes líneas reacomodaron mis ideas torcidas:

“Saulo no debe su conversión al verdadero amor ni a la verdadera fe, ni a ningún otro tipo de verdad; únicamente su odio a los cristianos lo puso en camino a Damasco y esto lo condujo a aquella vivencia que habría de resultar decisiva en su vida. Vivió su peor equivocación y esto lo condujo a la vivencia” – (Jung 2011)

Aquello fue como beber un vaso de agua fresca en medio del desierto, me senté en mi sofá color chocolate repasando el párrafo una y otra y otra vez, fue como si una presencia divina hubiera venido a darme consuelo porque todo me hizo sentido, esta problemática vital, esta noche oscura probablemente está disipándose con eso numinoso y luminoso que sentí al recordar la historia de Pablo de Tarso, y así me lamí mis propias heridas por última vez para actualizarme y construir una narrativa diferente, para derrumbar mis propias fronteras e integrar eso que en contra de mi voluntad experimenté, y no hablo de integrarlo a él, sino DE INTEGRAR EN MI MIS CLAROSCUROS. Pero qué difícil me he resultado conocerme y disponerme a sacar los esqueletos del ropero.

Parafraseando a Juan Lafarga cuando dijo que a mayor expansión de la consciencia, es decir, a mayor amplitud, tensión y armonía en el conocimiento de uno mismo y del mundo, mayor desarrollo de la espiritualidad, niveles más altos de salud general y experiencias progresivas de satisfacción que pueden generar estados místicos. Veo en mi que esta encrucijada me ha llevado a ciertamente a buscar un corazón sano y en el camino encontrarme con duendes, hadas, ángeles sin alas, lugares míticos y un espíritu indómito pero más fuerte: el mio; Me ha llevado a seguir las flechas amarillas del Camino de Santiago de la Compostela y de casualidad significativa a la casa de Ignacio de Loyola, me ha llevado a libros, a prácticas védicas alquímicas, me ha llevado a ritualizar eso que ha sido tan incómodo… la soledad, la ausencia de ese adulto que no estuvo con la niña, soledad que le potencializó para buscar soluciones creativas y comerse la vida a puños.

He escuchado tantas veces que, sin la tensión que existe entre los opuestos es imposible que el movimiento continúe, y me imagino “el viaje del héroe”, me imagino a “la sombra” y al “adversario” es decir: a mí misma en esta experiencia existencial, instalada en ese oscilar de la conciencia encendiendo mi chispa divina al friccionar de mis opuestos. Esta experiencia, esta noche oscura constituye una pieza irremisible en mi, imbricada en los tejidos de la mujer que hoy soy, puede y el propósito de esta mi noche oscura haya sido el proveer a esa niña pequeñita de una vida creativa llevando al límite sus posibilidades humanas para iniciarla justo en esa dimensión de la experiencia espiritual resignificando su existencia.

Mi noche oscura como experiencia espiritual me ha desmembrado para abrirme nuevos canales  haciéndome resurgir más viva y presente, abriendo cerrojos interpuestos entre “el otro” y yo, reactivando mi propio flujo vital hoy buscando esa vida redimida entre mi padre y yo, independientemente de la realidad que en nuestra individualidad nos haya tocado beber.

La espiritualidad pienso que, me ha ayudado a humanizar mis acciones intentando sintonizar conmigo para luego sintonizar con el mundo, porque yo entiendo espiritualidad como  “el arte de integrar opuestos”, tarea inacabable, porque sin duda la vida está llena de contrarios y contrariedades,  pero cuán cierto es aquello de que “cualquier batalla que creo librar con el otro en realidad la libro conmigo misma”, pero qué bendición y delicia es darme cuenta, aunque sienta miedo y resistencia, aunque sienta vergüenza en ese ir y venir… a veces no queda más que contemplar – me para poder actualizarme, inclusive sólo fluir cuando no sepa cómo conducirme.

“Tal vez a eso se referían Ignacio de Loyola y Teresa de Jesús al hablar de “contemplación en acción”. Es como vivir en el torbellino de la vida sin titubeos ni perturbaciones, conectados constantemente con el amor por la vida en todas sus manifestaciones y con la alegría de vivir, con la sensación de que la muerte es una etapa en el proceso de la vida en la evolución del universo” (Lafarga,2013).

Qué bonito sería tener alineado el corazón con la vida…

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