No te tengas miedo Coatlicue


Coatlicue_by_Ehecatzin

Son varias semanas que llevo meditabunda respecto a la feminidad, a la sexualidad  nuestra y tantos clichés en torno a ella.

Cada vez es mayor la apertura de nosotras las mujeres para darnos oportunidades muchas veces a partir de la libertad sexual en buenas dosis, y no es que esto nos convierta en mujeres fáciles que siempre llevan un liguero por si las moscas, o bien, mujeres que van por doquier con la caña de pescar en el hombro buscando a ese pez gordo, o mujeres que llevan el vestido de novia en la cajuela por si “casualmente” se topan con el príncipe soñado, el amor de su vida, aunque claro, entre hombres y mujeres la gama de colores es extensa, no vamos a excluir a ninguna circunstancia porque más que una cuestión de género, la búsqueda de uno mismo a través del otro es algo completamente humano. Cabe aclarar que, esta no es una entrada feminista ni mucho menos, es una entrada que le apuesta a la autenticidad y a la libertad, una entrada que le apuesta al amor mismo partiendo desde “el amor propio incondicional”.

Antes de ir al punto que quiero llegar, quiero hacer un paréntesis y contarte que una de las cosas que también reflexionaba era que, socialmente cualquiera pensaría que probablemente, una de  las actitudes más penadas que existen es la violencia y me di cuenta que, tristemente es más penado el gozo, el placer en cualquiera de sus  manifestaciones, las expresiones de locura y desbordada felicidad, sino, recuerda esas veces en las que has llevado  una expresión de singular alegría y todo el mundo te mira extraño y te pregunta con peculiar tono sarcástico y burlesco: ¿por qué tan contentit@?, ¿qué te pasó?, ¿ahora qué mosca te picó? En fin, sociológicamente arrastramos constructos y patrones que no nos definen pero que también nos limitan a ir por ahí descaradamente gozosos si no nos damos cuenta.

Hace poco, escribía yo un ensayo donde hablaba de la diosa azteca Coatlicue: la gran terrible y devoradora madre de los mexicanos. El escritor, historiador, esteta, filósofo y académico mexicano Justino Fernández junto con el psicoanlista junguiano Erich Neumman, fueron quienes más profundizaron en el conocimiento de la Coatlicue. En la mitología griega, Atenea hija de Zeus, protectora de muchos héroes y algunas otras figuras míticas, es quien ejecutaba funciones similares a nuestra Coatlicue, ambas comparten el símbolo de la serpiente, símbolo de conocimiento y sabiduría.

Coatlicue, la de la falda de serpientes y el collar de corazones,  ha sido considerada por muchos estudiosos no sólo como poderosa y aterradora o como la diosa pavorosa y terrorífica en la que se concentran todos los horrores del universo, sino también como una deidad que representa en sí misma la vida y la muerte, ella  era esa diosa que desencajaba no sólo por su aspecto temible, sino también por su atípica feminidad, y así, me cuestionaba en función a este arquetipo maravilloso y por cierto hoy tan poco tocado  y mucho menos abrazado: ¿y quién es la Coatlicue de hoy?

Mi pregunta, me llevó a pensar en esos estereotipos que surgen a partir de la libertad consciente, particularmente en una sociedad aun tan machista como la nuestra, y me vinieron a la mente todas estas mujeres (y me incluyo) que han apostado a pagar el precio de la trascendencia y plenitud (esta última entendida como “gozar” en gerundio), mujeres que han hecho una verdadera apuesta a desarrollarse en aquello que más les parece, desde distintos oficios y profesiones, esas diosas que van ocupando roles sociales de alto impacto, esas Coatlicues que en medio de la cotidianidad van por ahí meneando las caderas, danzando por la vida sin importarles más el qué dirán, que han renunciado al hembrismo para convertirse en mujeres, diosas que tienen mil y un formas de ser fértiles, mujeres embarazadas de sueños que viven gestando proyectos renunciando o sin renunciar a la crianza de los hijos, en resumidas cuentas: mujeres libres que se dan permiso de ser, de sentir y expresar. Ahí, sumida en mi reflexión  exploraba nuestra vitalidad, nuestras lunas y los riesgos que corremos cuando nos aferramos a nuestros deseos intrínsecos, riesgos que van desde apostarle al amor teniendo sexo en la primera cita, buscando ascender con persistencia en organizaciones tremendamente conservadoras y machistas, riesgos que implican podar las alas del alma y afilar los colmillos del corazón para ir y cumplirnos esa promesa hecha de ser felices pese a todos los pesares, rompiendo patrones y creencias a veces a zancadillas y trompicones, buscando sanar nuestro linaje femenino al encontrar oportunidades que no tuvieron nuestras ancestras, tratando de que las que vienen detrás tengan una vida más plena.

Pensando, me daba cuenta que al permitir que nuestra Coatlicue se exprese,  nos aventuramos a mundos profundamente tenebrosos como el caer en la trampa de sentirnos culpables por permitirnos ser, sentir y expresar; La Coatlicue de hoy es esa mujer  que pese a cualquier herida física, emocional, psicológica y espiritual aprende a abrazarse a sí misma sin victimizarse, es la que da muerte a lo que debe morir para generar más vida y deconstruir a partir de lo existente, la que ha superado su incapacidad de decir “no” y marcar límites, la que aprendió a decir “sí”, la que pide sin problema y va por más, la que vive y asume una sexualidad libre y responsable sin poner en tela de juicio su valía, la que tiene el autoestima bien puesta y deja de buscar aprobaciones porque sí, la que sabe cuándo jugar a la doncella en aprietos y se permite consentir sin que eso la vuelva indefensa y dependiente, la que es dueña enamorada de su mundo interior; Ella, esa diosa contemporánea de la que eventualmente cualquier hombre que no esté listo puede huir, esa es la Coatlicue de hoy, la que puede confundirse por “puta” sólo porque se permitió sentir desde el día cero, esa que no lleva ni la caña de pescar ni el vestido de novia en la cajuela, sino más bien, SE LLEVA A SÍ MISMA y va con su falda de serpientes y collar de corazones orgullosa de cada cicatriz y batalla, quizás hoy parada más desde la vida, porque en ella viven la vida y la muerte, en ella habitan las estrellas y el universo entero.

Hombre, déjate enamorar por una Coatlicue, es descaradamente fascinante, permítete habitar en su cosmos;  Y tú Coatlicue, no te tengas miedo a ti… eres mágica, eres tanta vida como muerte, tanta luz como sombra, tan sabia como inocente, tan vieja como niña; Eres tan como él y él es tan como tú.

Con amor:

Una Coatlicue cualquiera.

 

Gracias por bendecirme a besos…


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Tantas veces ocurre que,  los seres humanos buscamos perdidos sin saber exactamente qué es aquello que estamos buscando y además no permitimos que eso que inconsciente y realmente deseamos (que no se parece a lo que erróneamente buscamos)  termine por encontrarnos, y así cuando llega lo que inconsciente y realmente deseamos, no sabemos qué hacer con eso.

Hoy elegí escribirte a ti porque llegaste sorpresivamente buscando “algo”, quizás a ti mismo y me encontraste a mí, igual que a otras literalmente miles de posibilidades, sin embargo, el inconsciente es tan poderoso que usualmente termina por hacernos coincidir con personas que se encuentran en la misma frecuencia, gente que nos hace resonar aún sin conocerla, almas que independientemente de minutos, horas, días o años de gastar juntos, vienen a enseñarnos algo, a revelar una verdad o incluso a remendar una herida, de esas que se esconden en los estratos más profundos de la psique, de esas que encogen el corazón de vez en cuando y nos hacen friccionar una y otra vez con el mismo patrón en afán de querer encontrar eso perdido, ahí, en medio de la web, entre millones de rostros y circunstancias, entre perfiles superfluos, blogs y  redes sociales, y aun cuando se trate de una red social,  se dice que no atraemos lo que deseamos, atraemos lo que somos.

Pensaba un poco en qué era eso en lo que podíamos parecernos tú y yo y quizás me tildes de loca pero vi que cada uno en su dimensión y arista “morimos de miedo” y es que, qué peligroso es luego de tanto decir adiós o aun cuando sólo se trate de una sola despedida intensa,  de esas que arañan el alma,  volver a construir vínculos, no saber administrar los apegos y los afectos, ni los “quieros” ni los “tengos”, generarse expectativas que terminan siendo acuerdos firmados  en la cabeza de uno de los dos cuando el otro ni enterado estaba; qué riesgo exponencial supone la neurótica emoción de sentir amenazada la libertad, qué miedo a la paranoia de  que a uno le corten las alas o que sea uno mismo quien termine cortándoselas para volar a la altura y velocidad del otro aunque eso implique descender,  ¿por qué no?, quizás también se trate de un miedo absurdo de no poder volar tan alto como el de junto; qué miedo dar y dar y dar cuando uno no tiene siquiera la certeza de tenerse a sí mismo, qué angustia buscar una caricia del otro cuando en el fondo lo esencial se construye desde dentro, sin tanta fantasía y sin buscar avalúos afectivos afuera, sin someterse a condicionamientos externos como generalmente ocurre; qué miedo AMAR y qué fácil es vender simulacros cuando uno tiene el alma arañada, qué crudo y frío el miedo a expresar y quedarse con la sensación de haber hecho un monólogo… vaya, qué caro resulta a veces abrir el corazón y vivir con todas las consecuencias, pero qué precio más alto supone el ser auténtico, el decir estupideces y hacer el ridículo de vez en cuando, qué inconveniente puede resultar para el ego el no cumplir con las características acordadas en el check list para poder formar parte de “el pack de la felicidad”, vaya zancadilla para la autoestima cuando uno está ausente de sí mismo, ¿no te parece?.

El punto aquí es que, hoy estoy conmigo y seguramente tú contigo, lo bonito aquí es que ha resultado sanador conocerte aunque sea cosa de un par de citas absortos sólo por eros, sin philia y sin ágape, no sé si te vuelva a ver o no, no sé si vuelva a tener una conversación contigo inclusive electrónica, no sé si yo pudiera decirte un día todo esto, sólo sé que me curaste a besos y aquí y ahora sólo se me ocurre decir: GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS por tu despistada búsqueda, porque mientras te buscabas a ti me acompañaste con besos a recuperar un pedacito de mí; GRACIAS,  porque probablemente eso nos lo debíamos de otras vidas aunque haya sido tan efímero e intenso como un buen expreso.

Gracias por bendecirme a besos.