Cartografiando el alma


sombraEste día después de tantos momentos bizarros, me doy cuenta que entre más escarbo dentro de mí, más sorpresas encuentro, yéndome al extremo veo que soy algo así como la caja de Pandora, dentro de mí aguardan todos esos males y armas sutiles, mis tristezas, mis angustias, mis miedos; ahí donde desfilan todas mis máscaras y se encuentra mi propia bomba nuclear: la culpa. Aquí vive mi enemigo, mi sombra, mi ser inferior, ese que me confronta todos los días.

He decidido renunciar a esos seres a través de los cuales me he mutilado castigándome por no sé qué situación oculta, por no sé qué pacto invisible, por no sé cuál conjuro hecho de antaño.
Entiendo que cotidianamente soy una mujer optimista aún cuando mi alma esté menudita y vaya de pronto de rodillas por la vida, aún cuando mi autoestima no termine de robustecer y mi amor propio se quede corto, que si bien es cierto que en muchos planos de mi vida me procuro y pese a lo creativa que puedo llegar a ser, muchas veces la soledad me rebaza, el vivir tantos duelos que sigilosos han pasado por mis días, el silencio profundo en el que llevo millones de horas durante años, esas lágrimas pendientes de escurrir porque crónicamente estoy enferma de exigencias, porque aunque mi fortaleza es hereditaria y vengo de una estirpe de gladiadoras, soy la fragilidad andando, soy alguien que siente frio, soy alguien que de pronto llora y llora bonito, llora por dentro como casi todas nosotras, soy alguien que se ha hecho amiga del miedo y del polvo, ese que muchas veces se muerde cuando se cae hondo, cuando las fuerzas se agotan, ese que se respira cuando se anda por caminos áridos y sinuosos. Soy todo un manojo de instintos…

Creo que los días hábidos de drama son vitales, sentir debilidad, vivir el luto de todo lo que se ha perdido, de lo que yo misma he sido; es necesario sentir el dolor de los cambios de piel, de tantos partos del nuevo yo, de todas esas veces que el alma se incuba habrá evidencias y dolores que sublimar, habrá poemas que escribir, cuentos qué contar y energías que catalizar.

¿Cuántas veces tiene que morir no sólo el adversario sino también el héroe?, ¿cuántas veces hay que pagar el precio orgánico de la expansión y potencialización del ser y sacar el néctar a la superficie?, ¿cómo se hace para sentarse a conversar con la sombra, esa que todos ven siguiéndome antes que yo misma y esa que durante la noche lo ocupa todo?, ¿cómo se esculpe sin cincelar?, ¿cómo se hace alquimia sin fuego?, ¿cómo se hace para gozar la noche oscura del alma?, ¿cómo se hace para saborear saudade?

El enemigo que vive dentro cierto es que da batalla, y que cada batalla que se cree ganar fuera, en realidad se gana en lo profundo del ser, pero aún así, el espíritu tiene una tendencia virtuosa que igual que la sombra se desliza entre los sueños; así vivo en una eterna dualidad, construyendo puentes más cercanos entre mi ser superior y mis rincones de cochambre; así vivo coleccionando errores y pasajes tétricos en esta antología de instantes; así sigo siendo mi filántropo y mi verdugo; así voy buscando esa versión de espejo pulido aún en medio de la incertidumbre y la noche oscura y así voy como decía San Juan de la Cruz:

En la noche dichosa,
en secreto que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.

SAN JUAN DE LA CRUZ, Noche oscura

Así en la oscuridad, yo solita intento cartografiar mi alma, quizás hoy con la luz aparente en extinción pero preparándome sólo para ser más persona, más congruente y amorosa, más empática, más compasiva, más real, más profunda y temeraria.

 

Siguiendo las flechas amarillas


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Justo hoy, hace cuatro años que llegué a la Compostela, todo tuvo su tiempo, su momento… iba yo siguiendo las flechas amarillas como lo sigo haciendo hoy, quizás esta noche medio vacía, valga la pena atiborrarla de recuentos, de cómo cada flecha amarilla me llevó de un sitio a otro hasta llegar aquí y ahora, y recuerdo cómo a veces el sedero parecía interminable como ocurre cuando no me he encontrado en mi mejor momento, como ha ocurrido cada vez que he tocado fondo sin confiar en el dolor, sin confiar en el miedo, porque hasta en esas emociones orgánicas básicas hay que confiar, porque el dolor es finalmente una catapulta que permite  dar un salto cuántico a nivel consciencia, porque el dolor hace sentir vivo al ser humano, me hace sentir viva a mí, me devuelve la intuición y me conecta con esa esencia pura, profunda, sutil y sublime.

Hace cuatro años, me recibió una música de gaita  en aquellas calles empedradas, estrechas y míticas, en esa tierra de tradición celta, ahí donde creen en las brujas, donde se escucha el gallego y se come tarta remojada en vino tinto, ahí donde se vive uno de los rituales más sagrados de cualquier alma que va en búsqueda de paradójicamente sí misma puede experimentar.

Anduve por la ruta jacobea antigua, esa que sale que Roncesvalles, Francia que originalmente atesora pisadas de miles de peregrinos durante 750 kilómetros y pienso en los kilómetros que ha andado mi alma y en esas flechas amarillas que han sido cada uno de mis seres amados, de mis ángeles sin alas y muchos maestros tal vez un tanto hostiles, pienso en mi infancia y mis pecas, en mi madre tan íntegra y completa, pienso en mi ánima y mi ánimus, en cómo cada paso dado lo construí desde mucho antes, cómo cierto es que hay cosas que ya están escritas por nuestra natural bondad o consecuencia de esas lecciones áridas, cómo cada ser humano (cada flecha amarilla) que he visto durante mis 32 años me ha llevado a conseguir un regalo, tal vez un nuevo amigo, un mejor empleo, un rumbo distinto en una nueva ciudad, una nueva pasión, un nuevo libro, una pizca de sabiduría, un amor más fuerte, una sonrisa más amplia, una dosis de magia, un sueño diferente, un compromiso más grande, un abrazo estrujado, me ha acercado a almas grandes, me ha permitido encontrar en mi una fe más honda,  sentir la gracia y fluir en ella,  aplastar mi ego y aprender a convivir con la frustración y la muerte, a construir nuevas historias y romper viejas creencias.

Las flechas amarillas son muchas veces no las más visibles ni las más brillantes, algunas veces pueden estar ocultas entre matorrales o en el lugar menos imaginado, menos deseado, en el sitio más incómodo, pueden estar ocultas en el rostro más desagradable del día a día, en la actividad más monótona, en la voz más áspera, en la soledad, en los amores rotos, en las relaciones también quebradas, en las fricciones, en la  tristeza y las lágrimas… ahí están las flechas amarillas y aún con miedo o duda vale la pena seguirlas, aún en la noche oscura del alma, en la angustia y la aflicción… ahí están las flechas amarillas.

Si tienes la intención de llegar, sucederá. Todo tiene su tiempo y su momento, sólo sigue las flechas amarillas sea cual sea el rostro, el color, la emoción, el instante…

William Blake dijo un día que, «Nunca el águila perdió tanto como cuando se sometió al cuervo»…


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William Blake dijo un día que, “Nunca el águila perdió tanto como cuando se sometió al cuervo”… si un día lo creí hoy lo dudo.

Esta es la última carta que te escribo. Sé que has sido mi maestro más importante en estos últimos 10 años, contigo aprendí cómo friccionan los sentidos, las creencias, experimenté el amor incondicional en toda su plenitud; contigo he sentido todas las emociones existentes, desde las más sublimes hasta las más perversas, me has guiado por todas mis directrices de la manera más radical. Me he reflejado en ti desde mi versión más dulce, paciente y amorosa hasta la más cruel, vengativa, escabrosa; tengo la convicción de que mi experiencia contigo ha derivado un auto conocimiento profundo, me has llevado a tocar fondo y en cinco segundos llevarme a volar al séptimo cielo.

En este andar, he vivido la experiencia de todo el género femenino de mi estirpe, a través de ti humanicé a mi padre y abracé su imperfección perfecta tal como abracé la tuya y me di cuenta como compulsivamente en ti lo veía a él, en ti buscaba y encontraba esos atisbos de lo ácido, ese abandono inconsciente, la misma indiferencia… el mismo patrón.

¿Qué te puedo decir?… Llanamente tienen la misma forma autodestructiva de vivir y destrozar también todo lo que les rodea, todo lo que tocan, pero bueno, paradójicamente han escogido esa escuela, ese perfil de maestras (y nosotras de ustedes – digno de mencionar -) entre amorosas y codependientes, gladiadoras que se alimentan de polvo con tal de dominar la fiera, resistiéndose a perder dejando el tuétano en el intento, pero dime, ¿qué les mantiene conectados a nosotras mientras a nosotras el espíritu guerrero no nos deja perder?, pero que pregunta la mía si tienen todo un almacén de ganancias no sólo primarias, sino secundarias, materiales y espirituales, y si lo veo con objetividad desde mi cancha no ganamos como Ustedes pero también ganamos mucho y hablando ya en primera persona, vengo hoy a agradecerte lo que he ganado…

Unos renglones atrás, te decía del nivel de autoconocimiento profundo ganado en mi, observar mi propia mirada con enojo y luego compasiva hundida en mi propia sombra, ser mi filántropo y mi verdugo, conocer cuan miserable se puede sentir un ser humano, vivir la frustración y la muerte, la demolición pero también la reconstrucción y la vida, andar no sólo por los paisajes post holocausto, lúgubres y con zancadillas, sino también lugares sublimes, coloridos, llenos de rostros y sonrisas alquimistas. Al huir de ti y tu laberinto, encontré un caudal de oportunidades de evolución no sólo académica y profesional, sino una mejor estrategia y amplitud en mi juego de consciencia, aprendiendo a rodar en lo áspero y resbalar en lo suave.

Parafraseando una parte de una oración sufí y empatándola con mi experiencia: a través tuyo, el Señor destrozó mi corazón para construirlo, y ahí lo tienes encorvado frente a mí cincelándome todos los días.

Gracias a mi experiencia contigo, puedo decir que hoy soy más persona, más profunda, más empática; Gracias a mi experiencia contigo, decidí construirme como terapeuta, pulir mi espejo para que cualquiera que se mire en mi pueda gustarse; Gracias a mi experiencia contigo, yoga es hoy mi manera de vivir, “ahimsa” es mi bandera y “aquí y ahora” mi mejor instante.

¿Qué más te puedo decir luego de esto?… Sólo expreso mi más pura gratitud por ser la puerta a tantos regalos, por ser esa catapulta entre dolor y crecimiento; por ser ese péndulo que oscilando me ha activado cada rincón conectándome con cada impulso de otra forma con los míos y los lejanos.

Hoy me va bien un hasta nunca, resuelvo contigo en esta vida porque hoy nada nos debemos y esta encarnación es la última en la que elijo encontrarte, corto contigo de manera profunda y definitiva el último vínculo energético que quedaba y no deseo nada que no sea sólo lo bueno para ti en esta experiencia humana.

Mi deseo para ti es que el amor incondicional toque a tu puerta y permitas que te envuelva.

La luz y el amor divino en mi honran la luz y el amor divino en ti.

¿No será hora de aprender a no sólo a surfear las olas sino también a caminar sobre las aguas?…


 


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Estos días que de pronto parecen vacíos, sin estrellas, sin eventos aparentemente trascendentales, estoy viviendo algo que desearía fuera mi propia muerte sintiéndome perdedora por primera vez en la vida; no es fácil sentir el yugo de la pérdida, ese golpe bajo al ego,   no está bonito sentarme contemplativa y dejarme bañar por la ola, no es cómodo sentir que esta me revuelca tomándome por sorpresa, ¿sorpresa?… ¿no será que mi espíritu gladiador buscaba esa sensación de adrenalina?, ¿no será que en realidad deseaba surfear para salir de lo plano del paisaje?, ¿no será que natamente soy retadora de las olas bravas aunque me venda el argumento de que “siento miedo por el mar”?…

Paradójicamente es sano confiar en el miedo, es útil confiar en el enojo, es valioso confiar en el dolor, es mágico el dejarse morir por un rato, es medicina pararme en mi lugar más vulnerable, visitar mi sombra vigilante y vivir la noche oscura del alma, esa donde parece no haber más opción que morir… ¡morir!. Y parada desde aquí, entiendo la trascendental y hoy arquetípicamente muerte del Maestro Jesucristo, con lo difícil que resulta perder, él con su mirada amorosa, compasiva, con su magia, con sus huellas, su fama, su poder, su energía omnipotente y su consciencia divina tuvo la capacidad de pararse en el centro de la burla, de la humillación, del dolor, de la tristeza, de la soledad, de las lágrimas, del abandono de la experiencia más cruda que cualquier hombre podía vivir en su experiencia humana, ese morir entre ladrones con el cuerpo mutilado viendo sufrir a su ser más amado: su madre.

Si él pudo morir para trascender y mostrar la resurrección del espíritu, ¿yo por qué no puedo sentirme perdedora por un momento?, ¿qué de malo hay en sentir que hay que tocar lo árido y escabroso del andar?, ¿qué de indigno hay en sentirme de pronto incapaz?, ¿cuál es el peor escenario que puedo pisar si me miro arrastrada por la ola?, ¿sentir asfixia… quizás la de mi propia muerte?, ¿será todo esto necesario para reinventarme, para reconstruirme y vivir hasta el tuétano esa relatividad de los segundo que a veces parecen horas, eternidades?, ¿para experimentar la angustia en su máxima expresión?, ¿para mirar mi imperfección perfecta?, ¿para observar mi tendencia actualizante?, ¿será necesario para mirar los ojos de mis seres amados cristalinos y con esa empatía y consideración incondicional siendo congruente con todo lo que de pronto pienso, siento y expreso con mis palabras, mi mirada, mi hermano cuerpo?, ¿para que me pregunte qué tan persona soy?…

Sé que a veces el instinto falla y va uno con saudade por la vida, ambivalente por no seguir los anhelos del corazón, por ir “by the book” cumpliendo con el “deber ser”. Mirar el miedo a los ojos, arrancar la máscara y disponerse a pagar el precio orgánico de vivir sin ella pareciera destructivo, pero dime tú si esto no es garantía de libertad, si esto no es el inicio de un nuevo principio, el principio de rescatar esa energía vital estancada, fundamentalmente distorsionada, transformando la ira y la frustración en aceptación… esa es la muerte que da vida, es la muerte que se venera, es la vida que trasciende el tiempo y el espacio.

No hay rincón alguno dentro de cualquier ser que viva la experiencia humana que no pueda ser iluminado por el regalo de la consciencia, esa es la experiencia interna que se abraza, se integra para poder ensanchar la cavidad del alma y quepa ahí una consciencia más amplia, más amorosa, una consciencia crística.

¿No será hora de aprender a no sólo a surfear las olas sino también a caminar sobre las aguas?…

La memoria: instrumento de justicia y prevención


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 “La fuerza del olvido permite que el crimen surja de nuevo. Por el contrario, la memoria sirve como instrumento de justicia y prevención”.

Estas fueron las primeras líneas que encontré cuando llegué a hurgar en la memoria de la humanidad.

Integrar la sombra del ser humano a nuestra esencia, no es una tarea fácil, es una práctica de toda la vida, sin duda lo más fácil es “amar a quienes nos aman” y quedarnos en esa zona de confort afectiva, sin embargo, con todo lo que como humanidad hemos vivido, ¿qué es lo que realmente hemos trascendido?, ¿qué hemos aprendido de todo el dolor, la angustia, la locura, la “maldad” y la misma muerte?, ¿cómo hemos integrado esa  muerte a nuestra propia vida?

Cuando visité el museo de la Memoria y la Tolerancia, lo hice en compañía de un amigo ex presidiario, alguien que en escala diminuta conoce esa sombra colectiva más de cerca, creí que era importante compartir el recorrido con alguien que pudiera comprender a mayor profundidad lo que mis ojos veían, alguien que conociera un pedacito de esa ausencia de libertad y pudiera posteriormente compartirme sus impresiones.

Uno de los primeros conceptos que leí a mi llegada fue que, la tolerancia sólo se puede comprender cuando se conoce a su contrario, esa intolerancia, que muestra la capacidad destructiva del hombre y me vino a la mente esa propuesta de autoconocimiento a la que se nos invita en la clase de Introducción al Desarrollo Humano: “Visita tu propio infierno”.

Recordar la tragedia del Holocausto, contemplar la crueldad, mirar cadáveres apilados en fotos y sentir ese vacío en el corazón, cambió completamente la perspectiva de mi presente, imaginar tan sólo la frustración e impotencia de la gente que se encontraba en los campos de concentración, su pérdida de literalmente TODO: familia, vigor, sueños, identidad y morir en vida; cuerpos inertes que eran sólo un número. Sentí milimétricamente su dolor al observar en fotos cómo su exclusivo horizonte era “salvar su pellejo”.

He pensado qué, los seres humanos tenemos  si bien un lado sano, un ancla que permite que alguien nos ayude,  nos rescate o consigamos esa anhelada redención, tenemos también un lado enfermo. Esta desgarradora situación me permitido entrever la inconsciencia de una persona y la consecuencia de su patología y distorsionada realidad: Hitler. Aunque sin duda tal atrocidad no es justificable por la enfermedad de una sola alma inicialmente, sería interesante adentrarme en la vida de Hitler, me viene a la mente aquello que dijo un día Elizabeth Kübler Ross: “Cada ser humano tiene un Hitler y una Madre Teresa de Calcuta dentro”, tal vez no tenga que irme a la vida de Hitler sino a la vida mía y observar a profundidad lo que me conforma y visitar mis propias fronteras, observar cuándo en otra escala soy Hitler o soy Madre Teresa.

Cada judío, era deshumanizado y desprovisto de su individualidad, identificado sólo por su pertenencia a un grupo racial, independientemente de sus convicciones, su género, su edad, su trayectoria personal, su nacionalidad e incluso su religión, estaba destinado a desaparecer. Lo más irónico era que Hitler definió a los judíos como un grupo racial y no un grupo religioso, concepción falsa, dado que no comparten rasgos genéticos ni biológicos que los distingan de otros; más bien están unidos por la historia, la tradición y otros rasgos culturales como la religión. Así, personas de diversos orígenes étnicos pertenecen al judaísmo ya que no necesariamente hay que nacer judío para serlo, inclusive pensemos en los judíos que son conversos de otras religiones. Irremediablemente, seres humanos cuyos abuelos eran judíos perdieron la dignidad humana y la vida, extenuados, consumidos, harapientos, con hambruna, piojos, helados y todo lo que se podía perder.

Si lo pienso, no estamos tan alejados de ello hoy día incluso parados de la misma filantropía que se practica por lo menos en México, ese racismo siguen tan vivo como cuando el holocausto:

“Yo rubio, alto, rico, educado, te doy un kilo de ayuda a ti pobre, chaparro, indio, ignorante”

Si eso ocurre desde la filantropía, ¿cómo son las cosas desde la sombra?, ¿cómo se puede explicar el holocausto? Admito que me cuesta explicarlo, pues hoy  no soy siquiera  capaz de explicarme a mí misma.

Algo que llamó mi total atención es el antisemitismo, ese conjunto de prejuicios, estereotipos, creencias y prácticas hostiles contra los judíos, esa acusación de que ellos eran los responsables de la muerte de Jesús, lo que más tarde se fue al plano social y luego se convirtió en todo un problema racial. Sin esta tradición de antisemitismo, seguramente el holocausto no habría ocurrido ni otros tantos genocidios.

El Holocausto es hoy para mi sin duda una señal de alarma una advertencia que nos habla de hasta dónde es capaz de llegar un ser humano con el odio y la violencia, es una inexplicable situación que nos da la oportunidad de saber lo que podría ocurrir si el hombre no educa para amar.

Dos situaciones que me generaron sentimiento en este recorrido fueron:

1)    La deshumanización. Los nazis deseaban que los prisioneros perdieran su dignidad antes de morir e hicieron esfuerzos considerables para conseguirlo: tatuarlos con un número, exponerlos a la inmundicia en la que vivían, los gritos e insultos constantes y la ausencia de toda ceremonia festiva, religiosa o luctuosa. La misma era aplicada de manera tan impersonal, como si se les hubiera querido negar hasta el último de los anhelos humanos.

Yo me pregunto, ¿de verdad se puede deshumanizar lo humano?… entiendo el hecho de robarle la dignidad al otro, pero, ¿se le pueden robar al ser sus características humanas? Yo más bien pensaría que, la deshumanización es la pérdida de consciencia, eso que nos hace distintos a los animales, aunque en el fondo y mientras escribo veo que sí pueden robar las ganas momentáneas de amar, pero no la capacidad, eso es una cuestión tal vez de voluntad, es una decisión personal, ¿esa la pueden robar? No cabe duda que la conciencia es un tema muy complejo, y no me imagino siquiera dónde está esa fina línea donde se pierde la esencia  y la voluntad del ser humano con los deseos, el odio y la violencia  de los otros y de qué manera desciende la evolución de la persona humana, tanto la víctima como el victimario.

2)    Los niños del holocausto. ¿En qué momento pudo un niño haberse convertido en un enemigo del estado?, ¿cómo es que los nazis se adjudicaron el derecho de acabar con futuros prometedores? Miré una foto de una pequeña de aproximadamente 4 años, con la cara sucia y los ojos llenos de lágrimas, asustada y con la vida rota.

Ahora que vuelvo a recordar la foto, he pensado en los pequeños que hoy vemos en las calles de nuestra ciudad, harapientos, con la cara pegajosa y pocas ganas de vivir, con la inocencia robada, muriendo de hambre y frio quienes probablemente tienen la vida tan rota como la de pequeña judía de la foto.

No puedo evitar mirar mi realidad y la indiferencia que es la reina de las prácticas, comparar las historias y percatarme que hoy existen muchos pequeños campos de concentración cerca de mí y que mi obligación hoy es mirarme en sus ojos y humanizarme, ser persona de una vez por todas, quitarme de prejuicios darme a mí. Finalmente esto que soy es lo único que tengo.

Debo mencionar el impacto que me causó pasar en medio de ese vagón de tren, no sé si fue mi imaginación, quizás sí pero, pude revivir ese aroma a grasa humana, pude sentir la angustia, pude vivir el llanto de los viajeros de la muerte y aquel viaje nauseabundo lleno de preguntas.

Al pedírseme que mencionara dos situaciones de intolerancia que tuviera que integrar, pienso más bien en el otro. Podría hablar del Genocidio de Camboya;  o sin irme más lejos, podría hablar de los muertos de Atenco, o de los indígenas de chiapanecos, podría nuevamente retomar la historia y revivir el pasado, pero finalmente decidí integrar al otro, ese que circunda a mí alrededor  irrumpiendo mi espacio en el trabajo, ese desconocido que no saluda en el pasillo, a ese que me refiero como insoportable o minimizo porque digo que “es un mal educado”, a ese otro que es un fanático religioso, que quizás llena sus vacíos con eso único que le enseñaron o a ese alcohólico que es mi padre, con quien nunca que me he identificado y lo miro tan lejano, tan ajeno a mí, cuando finalmente él vivió en su propio  Auschwitz, esas son mis situaciones de intolerancia, porque ellos como yo sienten y experimentan al mundo de una manera única e irrepetible, porque son parte de mi historia y cada uno tiene su historia personal.

Entiendo que como sociedad tenemos mucho que integrar, nuestra sombra colectiva es ancha, pero no hay mucho qué hacer si no integramos nuestros pequeños Auschwitz a nuestra vida personal, si no integramos nuestros duelos individuales, si no hay una preocupación genuina por sanar nuestras relaciones más cercanas, ¿realmente podremos decir NUNCA MÁS?, ¿nunca más otro holocausto?, ¿nunca más otro genocidio?, ¿cómo podemos decir nunca más sino aprendemos a celebrar de manera armónica nuestros credos diversos y respetamos nuestra forma de percibir al mundo incluso con nuestros seres más próximos afectiva y físicamente?

Yo no creo en la maldad, creo en los niveles de conciencia, creo en el precio orgánico que como humanidad debemos pagar lastimosamente para aprender, para evolucionar, para “darnos cuenta para”, esa concientización – acción, ese dolor que nos humaniza, el propio o el ajeno, creo en la capacidad de cambiar nuestra propia realidad y creo que, así como Cristo pagó con su sangre, millones de héroes anónimos pagaron con la suya para que podamos trascender, mirando la historia por ejemplo de un Víctor Frankl, que pudo aceptar que la vida era digna de ser vivida en medio de la pestilente muerte, pudiendo  trascender todas esas dificultades del holocausto sabia y compasivamente.

En todo esto, es importante resaltar la importancia de aprender a dialogar y el miedo que da expresarnos, ese pavor ante el hecho de que nuestra verdad quede expuesta, esa carencia de empatía a la hora de comunicar. Escuchar también es dialogar, comprender es  dialogar y todo esto nos da como producto la libertad de prejuicios.

Luego de esta visita, me llevé el deseo de caminar hacia la tolerancia, este valor esencial que impulsa hacia la libertad y a la justicia, esta virtud que nos permite construir una cultura de paz sin que eso suponga renunciar a la lucha por la injusticia social o las propias convicciones; me llevé el deseo de amar más y mejor.

 

Un cuento del cardo Carlina: el amuleto de la mujer soñadora


En algún lugar lejano, donde el cielo parecía un algodón azul y  los árboles y las rocas cobraban vida,  existía un majestuoso prado en el que se daban los cardos más hermosos que jamás nadie hubiese visto, graciosos por sí solos;  es real que su belleza es extraña, pues no  poseen la delicadeza de una margarita, ni la gracia de una rosa, la ternura de una gerbera, ni la pureza de un alcatraz,  tampoco poseen  la soberbia de un tulipán, es más, estos cardos en aquel mágico lugar, tenían fama de rudeza y fealdad, quizás por esa riqueza de poseer dentro de sus especies la medicina y el veneno, algunas de estas flores, eran famosas por tener la virtud de la sanación, eran las sabias del prado, los gnomos solían recurrir a ellas cuando tenían alguna dolencia, éstos cardos generosos, aun con su interminable posesión de espinas, sacaban de sí su mejor bálsamo para curar a través de sus sustancias y rituales muchos de los males que los gnomos y hasta una que otra hada padecían. Estas flores, eran  una especia de alquimistas que transformaban la penuria en placentero  bienestar.

Dentro de los cardos de aquel prado de ensueño, había también algunos venenosos, tóxicos para cualquiera que pudiera tocarles, tampoco es que ellos  gozaran de eso, es sólo que esa era su naturaleza y debían de adaptarse a ese hábitat, muy a pesar del dolor que eso pudiera generarles, era su sombra, era más sombra tal vez que luz, y vaya que padecían al buscar una postura existencial que les permitiera sentirse aceptadas inclusive por los mismos cardos sanadores de aquel lugar. De alguna manera, sabían convivir entre ellas. Todas las mañanas, intentaban lucir hermosas, se miraban en el reflejo del riachuelo cantador al cual custodiaban, del que gozaban de sus notas todas las mañanas, se bañaban con el sol y se alimentaban de su fulgor, qué más daba si eran buenas o malas, ellas sólo se vestían con su mejor sonrisa, acariciadas por sus propias espinas.

Había algunas de tonos azulados que combinaban perfecto con el cielo, podrías encontrar a algunas lilas como la seda más exquisita e independientemente de sus espinas, tanto las sanadoras como las tóxicas poseían una belleza singular. Debajo  de sus espinas y mirando muy de cerca, eran las flores especialmente atractivas.

Ahí, en ese lugar donde habitaban diversas especies endémicas, entre los cardos de tradición chamánica y lo cardos venenosos, existía un cardo muy particular, era un cardo que tenía la particularidad de parecerse al sol, era una flor que además de su peculiar belleza, guardaba entre sus espinas un gran secreto: poseía en sí misma la medicina de los cardos sanadores, como el veneno de los cardos tóxicos, sus espinas eran las guardianas de tan gran tesoro, si ella lo deseaba, podía ser la flor más buena del mundo, pero con sólo quererlo podía transformarse en veneno puro y destruir lo que ella deseara. Vivía  esa eterna dualidad sintiéndose ajena la mayor parte del tiempo; Carlina era su nombre y para ella no era fácil aceptar su dualidad.

Un día, pasó un pica flor cerca de ella y la observó muy pensativa, dubitativo aún con esa chispa espontanea, no lo pensó más y acercándose a ella le dijo:

–       ¿Qué te ocurre pequeño sol?

–       No entenderías – respondió ella – pero aún así, quizás por mi misma necesidad, te expresaré que hay momentos en los que me siento sola, no es fácil, pero tengo claro que, poseo un gran regalo y hasta hoy no he sabido utilizarlo.

–       ¡Mmmm!, te entiendo – dijo el picaflor- en realidad no sé qué decirte, creo que no es tan malo, aunque, debo admitir que volar es divertido, sentir el sol más de cerca y vibrar con el viento, subir a los árboles y mirar desde otra perspectiva, pero no te creas, ir de un lado a otro es agotador, ser nómada y no echar raíces  es también muy cansado.

–       ¿De verdad?- pregunto Carlina con los pétalos expandidos por la sorpresa.

–       Sí – dijo el picaflor revoloteando hiperactivo – Tú te alimentas aquí sin mayor esfuerzo, las orugas te visitan, las catarinas buscan sombra bajo de ti, entiendo que a momentos podría ser aburrido pero, si dices que tienes un gran regalo, ¿Por qué no lo usas? Un día escuche que, lo que se nos da y no utilizamos, desaparece. Recuerda, tú eres el mismo sol, basta con que mires al cielo algodonado para verte a ti misma en el astro rey. Eres privilegiada; no te pido que me cuentes tu secreto, sólo recuerda que, si tú cambias tu manera de verte a ti misma, todo afuera cambiará.

–       ¡Wow!, ¿es real eso? – sacudida por la sorpresa con los pétalos despeinados expresó Carlina.

–       Tan real como tú lo desees pequeño sol, eres hermosa, eres genuina y sé que debajo de esas espinas existe un mundo interior maravilloso.

–       Bueno, la verdad es que nunca me he observado con conciencia, sólo sé que soy una flor diferente, no he sabido cómo usar mi energía orgánica. Observo a las demás flores asumiendo sus roles y yo, a veces me siento tan vulnerable. Te confieso que, tengo en mí la medicina y el veneno, la mayoría de las veces, saco mi mejor néctar a la superficie, naturalmente el veneno sale y cuesta vivir con él, a veces me siento incapaz de fluir con la naturaleza – Con cara de tristeza y pétalos gachos mencionó Carlina.

–       Eso no está nada mal – dijo el picaflor – tu naturaleza es así, eres femenina, atractiva y generosa, pero también tienes espinas y veneno. Se me ocurre que, tal vez si te contemplas más a menudo en el riachuelo cantador, te conozcas un poco más y con el paso de los días consigas integrar más a ti eso que te fue dado: tu propio veneno. Recuerda, te hace más sabia tu propia dualidad, puedes comprender a las flores sanadoras, pero también entender la soledad de los cardos tóxicos, si te observas más podrás verte en los demás seres, tanto en la mariposa que anda libre, como en la roca deslavada que te mira curiosa. Podrás verte incluso en mis propios ojos, descubrirás historias fantásticas y tendrás mucho más por compartir. Los humanos dicen que lo que das, vuelve multiplicado, es más, hubo un tal Jesús quien dijo que, “La verdad nos hará libres”, yo estoy seguro que podrías sentirte plena y libre tanto más te descubras en la luz y en la sombra.

Carlina se quedó en silencio, sucumbida por las palabras del picaflor que la miraba con ternura. Un poco cabizbaja sin saber por dónde comenzar con ella misma, recordó cuán insegura había sido siempre, muy a pesar de sus espinas, muy a pesar de su veneno, ella era hermosa. En lo profundo de sí y de sus dos territorios, había riquezas no exploradas, había mucho por compartir incluso con las propias lombrices.

Ella se sabía fuerte, autosuficiente, rica, pero había algo más que sentía le hacía falta, vivía con el ánima a flor de piel, pero también sabía que, no había marcado límites nunca, inclusive con ella misma; sabía que tenía una capacidad creativa superior y aunque en silencio inventaba cuentos para sí, no había sacado tampoco completamente su néctar, de pronto, vivía a la defensiva de todo el ecosistema.

–       Pequeño sol – dijo el picaflor -, dado que te veo inmersa en ti, parto. No olvides lo que hemos conversado hoy. Espero verte pronto, renovada y con muchas historias que contarme.

Con sutileza y afectivamente, agachó su diminuto pico acariciando uno de sus pétalos y voló, Y así, Carlina, se hizo una promesa así misma:

“Desde hoy, conoceré a profundidad mi mundo interior, mi mundo exterior y mi mundo subterráneo. Me miraré todos los días en el riachuelo cantor que me mira espejo. Disfrutaré el viento, me miraré en el mismo sol y compartiré mis historias con las catarinas y las orugas, conversaré hoy con los demás cardos y los miraré pétalo a pétalo como si fuese yo misma”.

Y así, todos los días y por todos los trechos de sí misma, Carlina se observaba, a veces con miedo y hasta tristeza, otras con admiración y gratitud por su peculiaridad, había dejado de ser su propia adversaria, sabía que ella misma había sido su verdugo pero también descubrió que en ella misma habitaba su heroína. Ese día sabía, que necesitaba dejarse acariciar más por el mismo sol, abrirse más al a amor y a la belleza de la vida, dejarse proveer por algo que no fuera su propia medicina ni sólo lo que le era familiar, ahora, dejaba que nuevos insectos se posaran sobre ella, se hizo amiga de nuevas abejas y por la noches, también cantaba con los grillos,  así descubrió que mágicamente su veneno se volvía parte de su medicina y no necesitaba más que sonreír y sobre todo expresar cuando algo no fuese de su agrado, aprender a decir que no cuando un insecto no fuera amigable, a no resistir lo que fuera con tal de no sentirse sola, ahora se tenía a ella misma con sus amplios pétalos más vivos que nunca, se gustaba así, silvestre y soberana.

Cuando llovía, disfrutaba más las gotas que escurrían por su tallo, se reía con los otros cardos y consiguió hacer muy buenos amigos en aquel prado majestuoso. Todas las mañanas, las orugas le visitaban para escuchar historias, esas de las que Carlina se hacía durante las noches de insomnio en las que los grillos no dejaban de cantar y así, ella descubrió que nuevos pétalos brotaban, era real porque tenía vida y podía compartirla.

Cuando llegó la primavera, Carlina hizo un inventario de todas las cosas que había conseguido desde que el picaflor pasó por ahí, en alguna ocasión escuchó hablar a los elementales de unos seres llamados ángeles, mismos que tenían alas y de pronto se disfrazaban para hacer el bien a otros, ella pensó que, ese picaflor era algo así.

Sabía que su peculiaridad era su fortaleza, que su dualidad era su maestra y que pudo recuperar el poder sobre su propio animus, ese que había robado parte de su femineidad, hoy era un cardo aún más auténtico, ya no era víctima de su propia autocrítica y fue capaz de construir relaciones más genuinas con todo lo que le rodeaba, antes de eso, tuvo que confrontarse con ella misma, beber un poco de su propio veneno para sólo así renacer cuantas veces fueran necesarias e integrarse por completo a su ecosistema, e inclusive descubrir que todo el ecosistema vivía dentro de ella misma, tanto las estrellas como las arañas y todo lo que le rodeaba, tanto el cielo como el mismo infierno, ser más creativa y cambiar su óptica sosa de lo que le rodeaba.

Cuando Carlina llegó a su fin, sucedió porque una mujer soñadora pasaba por ahí, los ojos le brillaron al contemplar la belleza del cardo Carlina, sus pétalos que brillaban como rayos de sol, la hacía parecer como una flor mágica, su autenticidad le robó un suspiro a la mujer soñadora que hipnotizada no dejaba de contemplarle, y sin más, con sus delicados dedos de flauta la tomó para sí. Llegando a casa, la clavó en su puerta, pues en algún momento al contador de historias de la aldea, le escuchó decir que este tipo de flor tenía la capacidad de ahuyentar a brujas, rayos y enfermedades.

Como un amuleto hoy, Carlina mágica yace en aquella puerta de cedro, cuidando la casa de la mujer soñadora, brillantes ambas, singulares, más vivas que nunca, en la luz y en la sombra.

@Rosariocardosop

La muerte: el sentido de la vida


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Una de las razones por las que decidí hablar  de “La muerte como sentido de vida”, es porque cada pérdida forma parte de la tendencia actualizante del ser humano, sin duda, vivimos en una continua catarsis emotiva y vivencial, experimentamos  tantas pequeñas y grandes muertes que, nunca se está preparado para ello, pérdidas que van desde un cambio de un empleo, casa o de ciudad, hasta  la ruptura de una relación trascendental,  la pérdida no sólo de un ser querido, sino también de familias completas.

Si algo nos corresponde experimentar a cada uno de nosotros es “la muerte”, la tragedia en su totalidad, la turbación, la tristeza, la desesperanza, eso a lo que San Juan de la Cruz le llamaba “La noche oscura del alma”, ese genuino sufrimiento en el que se experimenta un abandono total;  menciono esta metáfora porque cierto es que cuando se vive un duelo se vive también un proceso de purificación muy a pesar de la aridez que experimenta el ser. Cada uno vive sus duelos a su ritmo, con sus bálsamos preferidos, con sus miedos y sus lágrimas; cada uno sabe cuán grande o estrecho es su umbral del dolor, pero sin duda y como lo dijo Kleyman: “El duelo es la forma natural de sanar un corazón roto” (Hansen, L. B. (2003). Desarrollo en la edad adulta. México. Ed. Manual Moderno, Pág. 472).

Este texto referente a “La muerte como sentido de vida”, me ha llevado a profundizar en las experiencias (más que obras) de Elizabeth Kubler Ross, Victor Frankl y Clarissa Pinkola Estés, no sólo he decidido escribir sobre la devastación que deja la muerte de un ser querido, sino también de esos instantes de vida-muerte que vive incubando más vida, de la importancia de trascender la experiencia y sublimar el dolor pese a su ardua tarea.

 Hace mucho tiempo, un gran amigo me dijo que, “En la vida hay que aprender a decir adiós muchas veces”, aunque yo había experimentado ya partidas de seres muy amados, no me había involucrado profundamente en el tema. Casualmente, han pasado diversos libros por mis manos, y si me permito ser transparente, éste es un tema que me resulta culturalmente interesante pero humanamente aterrador.

Por otro lado, siempre he sido una mujer nómada, quizás hoy día es que puedo mirarme como sedentaria, y paradójicamente mi fuerza vital ha aumentado cuando más muerta me he sentido. Creo que esa es una parte del milagro de la psique humana, que por mucho que el terreno sea escabroso las ideas siempre florecen y los sueños siempre alimentan, la psique siempre está en restauración y es decisión nuestra cómo nos rediseñamos.

La muerte y el duelo son temas de infinita amplitud, la muerte como parte de la vida humana y la muerte como metáfora, pero, la eterna pregunta es: ¿realmente existe la muerte?. Sé que hay diversidad de ópticas, religiosas y científicas, se que preguntarlo aquí tal vez resulte absurdo pero, no podía quedarme sin hacer alusión a tan mística pregunta objeto de tantos estudios.

Querido lector, sé que seres amados se nos han anticipado a tal experiencia, se que el miedo y el dolor son ineludibles, pero también sé que vale la pena remendar las heridas, que la vida es digna de ser vivida en plenitud aunque a veces el alma vaya de rodillas y lo más importante quizás que he aprendido hasta hoy es que: “Aquí y ahora es lo único que tengo”.

“El duelo es el proceso de crecimiento menos entendido y más rechazado por el que atraviesa una persona […] Irónicamente, pese a lo inevitable y universal de la experiencia de la pérdida sabemos muy poco del cómo recuperarse de ella […]. La recuperación incompleta puede tener un efecto de por vida en la capacidad para ser feliz de una persona” (James y Cherry, 1988, pp. 3-5) – (Hansen, L. B. (2003). Desarrollo en la edad adulta. México. Ed. Manual Moderno, Pág. 472.

Decidí utilizar esta cita para entrar en materia, porque yo creo que no existe una receta para vivir un duelo, estoy de acuerdo con el hecho de que occidentalmente no hemos aprendido totalmente a integrar la muerte a la vida, pues no hemos aprendido el valor que supone una adecuada descarga de energía, pero también creo que para lograr que una muerte le dé sentido a la vida se requiere de una expansión de conciencia que muy seguramente no será inmediata, pero que sin duda alguna requiere de una alta dosis de voluntad.

Uno de los primeros teóricos del mundo de la psicología en abordar el tema del duelo, fue Freud, quien planteó que el pesar se resuelve mediante el proceso de duelo, a través del cual los individuos rompen gradualmente los lazos que los unen al objeto amado y retiran la energía asociada con ellos, energía que entonces puede invertirse en otras relaciones o actividades.

Por causalidad significativa, estoy actualmente leyendo “El hombre en busca de sentido” de Victor Frankl, ahí él explica la experiencia que le llevó al descubrimiento de la Logoterapia. Esta corriente de la psicología, se contrapone a la doctrina de Adler (voluntad de poder) y a la doctrina de Freud (voluntad de placer), ya que Victor Frankl habla de “la voluntad de sentido”.

Me resulta conveniente mencionar que, el término Logoterapia, proviene de Logos, palabra griega que equivale a <<sentido>>, <<significado>> o <<propósito>>. Ésta, se centra  en el sentido de la existencia humana y en la búsqueda de ese sentido por parte del hombre. De acuerdo a la logoterapia, la primera fuerza motivante del hombre es la lucha por encontrarle un sentido a su propia vida.

“Algunos autores, sostienen que el sentido y los valores no son más que <<mecanismos de defensa>>, <<formaciones reactivas>> o <<sublimaciones>>. Por lo que a mí respecta, yo no desearía vivir simplemente como carnaza de mis mecanismos de defensa, ni me sentiría inclinado a morir por mis <<formaciones reactivas>>. El hombre, no obstante, ¡es capaz de vivir e incluso morir por sus ideales y sus valores” [Frankl, V (1979) El hombre en busca de sentido, Ed. Herder, Pág. 121].

Me impresiona cómo alguien que lo perdió todo en uno de los campos de concentración durante el nazismo, haya tenido la capacidad de vestir su existencia de otro matiz trascendiendo el dolor y la pérdida. Él menciona que, logos o <<sentido>>, no es algo que nace de la existencia, sino mas bien se presenta durante la existencia, ¿qué motivación pudo tener Victor Frankl pasando hambrunas, frio, brutalidad, destrucción y muerte?, ¿cómo consiguió honrar la vida vaciándose para volverse a llenar y generar otro tipo de experiencias sino con toda la voluntad que él consiguió generar de sí mismo? No cabe duda que el ser humano es toda una fuente, creo que el amor es alquimia pura dentro del” campo de concentración” en el que cada ser humano pueda verse inmerso, lo esencial es descubrir el sentido de la vida sea cual fuere la circunstancia, la fuerza procede del espíritu.

Me gustaría hablar ahora de muerte como metáfora, creo que el ser humano la mayoría de las veces, piensa que lo que sigue de la muerte es más muerte, vivimos en una cultura en la que todos los finales son aterradores, no hemos terminado de comprender que, la vida se renueva todos los instantes. Es interesante cómo en India o inclusive los mayas, han considerado que la vida y la muerte son una rueda, y que la muerte es el  componente básico de la vida humana, inclusive, en el mito y el folclore hay grandes representaciones como la Coatlicue, diosa azteca adornada con cráneos, o la Kali, diosa hindú que representa la destrucción y la muerte. Hay tanto a lo que se le debe dar muerte para generar vida.

Ahora, me resulta conveniente mencionar una serie de preguntas de un cuento llamado “La mujer esqueleto”, escrito por Clarissa Pinkola Estés, donde de manera reflexiva plantea las siguientes preguntas: “¿A qué tengo hoy que dar más muerte para generar más vida? ¿Qué me consta que debe morir pero que yo me resisto a permitir que muera? ¿Qué tiene que morir en mí para que pueda amar? ¿Qué es lo que hoy tiene que morir? ¿Qué tiene que vivir? ¿A qué vida temo alumbrar? Y, si no ahora, ¿cuándo?” [Pinkola E. Clarissa (2009) Mujeres que corren con los lobos. Ed. Zeta Pág. 210].

Rosario Castellanos, la mística y poeta mexicana, escribe a propósito de la entrega a las fuerzas que gobiernan la vida y la muerte:

… dadme la muerte que me falta…

Hablar de muerte y no hablar de Tanatología (el estudio de la muerte que incorpora a la vida), es como dejar una brecha importante, y es que, aunque pocos investigadores han incursionado en este vital tema llamado muerte, estos mismos han hecho grandes aportaciones, como es el caso de Elisabeth Kubler Ross, quien después de haber estudiado  miles de casos previos a la muerte, aportó que existen 5 etapas por las que el ser humano atraviesa ante cualquier pérdida, en su libro “Sobre la muerte y los moribundos”, menciona las cinco fases del duelo, mismas que a continuación menciono: Negación y aislamiento, ira, negociación, depresión y aceptación.

Creo que, la tragedia hoy es cómo diversas corrientes religiosas han monopolizado la muerte, cómo consiguen que el ser humano deje muchas veces de vivir en vida, cómo han infundido el temor y la culpa y han alejado al ser de su búsqueda de ese logos que rescata al hombre de sus propias trampas y de esas zancadillas que la vida pone en aras de una evolución de conciencia.

La muerte es una gran maestra siempre y cuando aprendamos a danzar su ritmo, siempre y cuando exista esa voluntad de expansión, esa voluntad de vivir en plenitud, generando más vida en medio de la muerte.

Sabiamente, Victor Frankl citó a Nietzsche, quien dijo qué: <<El que tiene un porqué, para vivir puede soportar casi cualquier cómo.

Bibliografía

Hansen, L. B. (2003). Desarrollo en la edad adulta. México. Ed. Manual Moderno.

Pinkola, E. Clarissa (2010) Mujeres que corren con los lobos. México. Ed. Zeta.

Frankl, Victor (1979) El hombre en busca de sentido. Barcelona. Ed. Herder.

Kubler, R. Elisabeth (2010) Sobre la muerte y los moribundos. Barcelona. Ed. Debolsillo.

Una pizca de «mi noche oscura del alma»


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Con lo que complicadas que han sido estas horas, luego de analizar textos y más textos, ajenos todos, lejanos, obligados…

Me he sentido atrapada por la propia conciencia, por el amor incondicional, por mis días llenos de matices. Sigo intentando cambiar la narrativa de mi propia mirada para hoy intentar ver desde los ojos del otro, para cincelarme todos los días y crear nexos más fuertes conmigo misma, para integrar opuestos y adversarios, para construir algo diferente, para construir el mundo que sueño – al menos el interior -, para caminar sobre las aguas y seguir demoliendo todo eso que necesite ser reconstruido, para seguir multiplicando los panes y los peces y seguir llenando mis vasijas del mejor vino.

Hace poco, escuchaba que, es sólo una fina línea que separa la locura del misticismo y pensaba que, si yo hubiera conocido a San Juan de la Cruz y me hubiera hablado de «La noche oscura del alma», ¿lo habría tomado en serio?.

Son años, que pese a mi cercanía con la fuente de amor infinito, no se si sigo ahí… en esa noche, observando de pronto mis miserias, visitando mi sombra y tomándome un café con ella, intentando restaurar la luz, negociando conmigo,  remendando lo que haya que remendar, reconectándome con la propia creatividad – a veces creo que es fácil más que reconectarme conmigo-. Creo que, no me he sido fiel a mí misma, he ido detrás de cada sueño sin terminar de resolver lo que hoy es trascendental. Bueno.

Mi viernes caótico, hay que sublimarlo,  no quiero exponerme a que me pase lo que a la mujer de Lot:

El ángel dijo a Lot y a su familia: «Escapa, por tu vida. No mires atrás, ni te detengas en toda la llanura…»

Pero su mujer «miró atrás y se convirtió en estatua de sal» (Gen. 19, 17.26).

No quiero ser sal. Ordinariamente y sin querer volteo, cada vez menos quizás, pero es mi noche aún, es de pronto el camino estrecho,

Hubo un sabio, un místico medieval   Meister Eckhart, expresó: “Señor, libérame de ti para que verdaderamente pueda encontrarte”. ¿No es hermoso?… Debo ser honesta y decir que no hablo de religión, hablo del Señor Amor, hablo de la magia de expandir la conciencia,

Esta noche deseo que, mi noche oscura del alma sea fructífera,

Me-edito


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Calambres en las piernas, llevo un rato inmersa en mis tareas de la maestría y debo decir que, todo lo que he leído últimamente me tiene apasionada, es como si estuviera frente a mi misma observando cada uno de mis gestos, de mis ademanes, es como si escuchara cada uno de mis pensamientos y suspiros, es como si de la noche a la mañana me hubiera convertido en mi observadora tenaz.

Sí, he entrado en temas como el “Yo”, el “Yo y Tú”, el “Mi”, el “Ello” y el “TÚ” con mayúsculas. Me he encontrado con nuevos autores, con viejas nuevas teorías, me he reconciliado con Freud y estoy aprendiendo a integrar situaciones adversas a mi historia. Existe hoy una nueva narrativa de mí, he abrazado mis tesis y antítesis, he creado nuevas síntesis  y abrazo los nuevos significados, he entendido que controlamos eso de lo que somos consientes y que eso de lo que no somos consientes nos controla a nosotros mismos.

Ha cambiado mi perspectiva de la realidad, estoy permeando en mi el hecho de “aprender para desaprender”, ¡Pff!… qué difícil, desaprender todo lo innecesario  que he recogido, por la sencilla razón de que me he  identificado con un sinfín de conceptos ajenos a mi naturaleza. Los seres humanos, todos los días nos llenamos de ideas de otros,  e inclusive si ponemos atención e intentamos escucharnos, podremos darnos cuenta de que mucho de lo que ocupa nuestro interior pertenece a nuestros padres, hermanos, abuelos, amigos, es quizás la perspectiva del sacerdote que celebra la misa los domingos o los maestros que se han cruzado en nuestro camino a lo largo de nuestra vida. Hemos inconscientemente reducido al “ser” a un conglomerado de experiencias ajenas pasadas, y así, nos hemos perdido en un mundo que si ineludiblemente es material, peor aún si el “ser” se identifica con todo lo que existe a su alrededor menos con su esencia.

Es increíble todo lo que hay que aprender de la naturaleza misma, cómo todos los días se renueva, como con cada estación trae nuevos bríos, como es perfecta y nosotros somos parte de esa daza cósmica con todos nuestros reveces. No hay porqué definir nuestro ser esencial en función a un sentimiento pues somos todo un cielo, y no porque exista una nube gris – como decía Anthony de Mello – significa que somos esa nube gris.

 Todo pasa, es como un péndulo que oscila de un lado a otro.

Particularmente, esa idea vieja que he recordado es que, no hay necesidad de intentar cambiar nada, excepto yo misma, que es necesario no identificarme con ninguna emoción absurda porque, la realidad está bien, la realidad no es el problema, como decía Rogers “Los hechos no son hostiles”, ningún acontecimiento, persona o contexto; en resumidas cuentas, como lo han dicho tantos místicos: “Los problemas están en la mente humana”. No vemos a las cosas y a las personas como son, las vemos como somos nosotros mismos.

Ahora que me he vuelto más observadora de mí, y a sabiendas de que vine a aprender, nunca había tenido tan claro cómo ha sido mi proceso de “vivir” en estos  años, no había tenido tan clara la empatía y más aún la empatía conmigo misma, no había observado a mi “yo” con la intención tan firme de conocerme, no había tenido la consciencia suficiente de que no soy un nombre ni un costal de células, que no soy una profesión,  soy un ser humano como tú, como quien quiera que esté leyendo estas líneas, soy parte del cosmos, de la vida, de esta realidad, soy lo que he narrado pero sin duda no soy un producto terminado.

Atte

Charis

Sólo un flashback amoroso


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El aire fresco entra por todas partes, intento plantarme en este momento y este lugar muy a pesar de los flashbacks que de pronto llegan, lágrimas viejas invisibles de repente se cuelan por esas coladeras de nostalgia. Me encantaría ser siempre igual de optimista y loca, me gustaría que esa sonrisa de dientes como luna menguante fuera permanente, pero no, hay días que mi alma necesita un masajito y mi espíritu un tragote de alegría. Aún cuando el frío me gusta, creo que estos días no ha sido mi mejor aliado pues entre esa lucha constante por soltar y romper viejos esquemas de pensamiento termino agotada.

Tenía tanto que no escribía con mi singular tristeza, pero así vivo mi noche oscura del alma, así busco ese escalón en espiral que me sacará de este agujero en el que suelo resbalar cuando voy distraída lejos de mi aquí y ahora, cuando me gana la impaciencia y la fe se esconde, cuando la desolación entra como ladrona a mi casa y de repente esas lágrimas añejas invisibles se manifiestan en cascada.

Todo pasa, todo es temporal, ¿para qué más discursos?, ¿para qué perder el tiempo?…

El día está por terminar y debo seguir buscando eso que me busca a mí, no prometo quedarme sentada a esperarlo, sólo deseo que el tiempo perfecto como siempre lo sincronice todo para abrir los brazos en el instante exacto, no antes, no después.

Mis lentes están sucios, mi pijama hoy no combina, mis manos están ásperas y mi alma tiene frío. Sé que hoy Dios me abraza, se que nada pasa, que cada sueño se hará manifiesto como siempre, como todo, como cada uno de mis experimentos alquímicos aún cuando crea que mi laboratorio terminará hecho añicos, llega la magia, llega conmigo.

Mi angelito Pichy, se acercó a darme ese masajito al alma y ese trago de alegría, pero vaya sublimes minutos al leer y releer nuestras conversaciones, tal vez sólo vino a recordarme que, este instante es todo lo que tengo, que se vive cuando hay vida, que no tiene gracia el hacer lo que nos toca; y traigo a mi esas líneas que me escribió en un correo cuando leyó en mi blog algo que escribí sobre mi camino a Santiago de la Compostela:

“Cuéntamelo todo, sé mis ojos, mis oídos y mi olfato,  revive para mí,  detalles, la ruta, la venera, el báculo y el cayado, las ampollas, el frío y el calor. La llegada, la imponente fachada, el botafumeiro y la nostalgia cuando todo terminó. La vida me puso zancadilla y heme aquí,  leyendo con saudade lo que has hecho. Tratando de que mi camino no tenga qué ser el peregrinaje a España sino las veredas, arroyos, piedras, lodazales, polvaredas y zanjas que cada día pone para que enfrentemos como debe ser lo que hay en tránsito.

Espero con ansias tu crónica y te mando un beso, bueno, uno, pero en el que caben todos los del mundo”.

Hoy esa  nostalgia de que tu camino terminó, es la que siento yo y por supuesto vuelvo a sentir ese beso que me enviaste en el que cabía no sólo todo el mundo, sino el universo completo.

Hoy dime tú si no, que estamos aquí, sin importar el tiempo transcurrido, recogiendo las bondades de las veredas.

Te mando un abrazo con todo mi cariño, a ti, mi maestra y correctora de estilos eterna, a quien le pediría la crónica de su camino,  ese camino de vuelta a casa que a todos nos toca recorrer.